Como un bello atardecer de otoño
Después de haber pasado todo lo que pasó, mi abuela finalmente despertó. Estaba un poco débil; aún no podía pasar a verla. El doctor se quedó un buen rato dentro de la habitación, pero al final salió. Mientras esperaba en la puerta, escuché cómo esta se abrió. Era el doctor. Salió con una expresión confundida, pero sonriente a la vez. ¿No...? ¡Estaba como pasmado! Era como si estuviera en shock.
—¡Nana, estás despierta! —dije en voz alta, corriendo feliz hacia sus brazos para abrazarla.
Estaba tan feliz... solo podía llorar. Al ver a mi abuela, después de todo lo que pasó, inmediatamente me puse de pie, alcé mis brazos hacia el cielo y le di gracias a Dios. Lo que mi corazón sentía era algo inexplicable. Mientras lloraba, con los brazos en alto, sentí cómo mi piel se erizaba por completo, cómo los vellos se me ponían de punta. Era algo extraordinario. Y mientras seguía dándole gracias a Dios, mi abuela también oraba. De repente, sentí que una voz me decía:
—No te he abandonado. Tengo una promesa contigo, la cual cumpliré a su tiempo. Sigue firme en mis caminos, y te haré ver cosas que jamás pensaste ver.
Inmediatamente, mis rodillas temblaron. Perdí la fuerza y cayeron al suelo. Llevé mis dos manos al corazón, agradecida, me levanté nuevamente y fui otra vez a los brazos de mi abuela.
—¡Nana, es un milagro! ¡Es un milagro!
—Así es, mi bella nieta —dijo mi abuela con una gran sonrisa en su rostro.
—Has perdido mucho peso... ¿ni has estado comiendo bien? —preguntó mientras con sus manos rodeaba mis mejillas—. ¡Me asustaste, verdad! Pero no te preocupes, ahora todo está bien. Aún no ha llegado mi hora —añadió con esos ojos inmensos, llenos de felicidad.
—¿Estás sola aquí en el hospital? —preguntó con una mirada de intriga. En ese momento, recordé que Williams estaba allí. Se me había olvidado completamente con tanta emoción.
—Sí... Esther y Esteban estuvieron, pero se tuvieron que ir. Por ahora solo está Williams.
—¿Williams? ¿Esteban? ¿Quiénes son? —preguntó, un poco intrigada.
—Bueno, aún no los conoces. Son amigos de la universidad. Estamos en la misma facultad y clase. Creo que Williams todavía está aquí. Te lo voy a presentar —le dije, poniéndome de pie.
—Ve, querida. Me gustaría conocerlo. Después de todo, no me puedo mover de aquí —dijo con una leve sonrisa.
Cuando estaba a punto de salir, el doctor tocó dos veces la puerta.
—Hola, ¿cómo se siente nuestra paciente? —preguntó al entrar, mirando a Nana.
—Hola, doctor. Estoy bien. Solo un poco cansada, eso es todo.
—Oh, eso es bueno. Eso significa que pronto mejorará. En este momento me gustaría hacerle unos chequeos. ¿Será posible que la señorita Rous salga por unos cinco minutos, por favor?
Un poco dudosa, salí sin decir nada. Sentía que todo iba a estar bien. Fui inmediatamente a la sala de espera en busca de Williams. Lo vi mientras hablaba con unos niños. No sabía que había niños en esa área del hospital. Se veía muy feliz. Había dos: una niña y un niño. Ambos llevaban chaquetas y gorros estrambóticos y coloridos en la cabeza.
—¡Williams! —le dije mientras me acercaba y tomaba asiento a su lado.
—Oh, ¿cómo está la señora Amanda? —preguntó en cuanto me vio.
—Está muy bien, por la gracia de Dios. Ahora mismo está con el doctor.
—Qué bueno. Tú también te ves un poco mejor. Mira, ellos son Smaily y Tony. Tienen unos ojos preciosos —dijo mirándome.
—Así es... tienen unos ojos marrones, color café. Hermosos como un atardecer en otoño.
—¿Ella es tu novia? —preguntó Tony con curiosidad.
—No, solo somos amigos. ¿Por qué la pregunta, pequeño travieso? —dijo Williams mientras lo subía a sus piernas.
—Muy bien —respondió Tony—. Señorita de ojos lindos, ¿le gustaría ser mi novia? ¡No, mejor aún... casarse conmigo! —exclamó feliz, con sus ojos brillando como dos destellos.
No pude evitar reírme. ¡Qué cosas decía este niño que apenas me conocía!
—Es que... no puedo —le dije entre risas, mientras sentaba a Smaily a mi lado.
—¿Por qué? ¿No quieres jugar conmigo?
—Oh, no, no, ¿cómo crees? Es que eres tan tierno... pero tienes que crecer mucho. Tienes que ser tan alto como Williams —le dije mientras acariciaba sus mejillas.
—Smaily, un gusto conocerte. Soy Rous. ¿Cuántos años tienes? —le pregunté.
—T-tengo seis años... —respondió con una voz bajita, suave y tierna. Supongo que era así porque no nos conocía.
Sin darnos cuenta, Williams, Tony, Smaily y yo nos quedamos ahí sentados, jugando con los niños mientras las horas pasaban... sin darnos cuenta.
CONTINUARÁ...
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Somos tres
Ficção AdolescenteHola, soy Rous Smitt. Toda mi vida he sido "cristiana". Participo en los cultos de jóvenes, en las actividades de la iglesia... siempre sonriente, siempre activa. Pero detrás de esa sonrisa hay un vacío que me consume. Un peso que escondo cada noche...
