Después del sermón de mamá me quedé reflexionando, nuestra relación era completamente distinta a la relación que yo había generado con mis hijos; me sentía afortunada porque en la vida, no conocí dicha más grande que la de tenerlos, jamás en la vida maldeciría el día de su llegada, y tampoco me entrometería en sus vidas, menos para juzgarlos.
Pero no pude dejar de notar que parte de las conductas equivocadas de mi madre las había yo reproducido exactas; sobre todo en mis primeros años como mamá, mis hijos merecían una disculpa de mi parte y eso era un asunto que también debía atender, no se puede ser pleno si no se autoevalúan todos los aspectos de la vida y se reconcilia el vínculo con los padres.
Tal vez por eso dejé de ser tan severa en mis juicios contra mi madre, ella era dura pero yo no fuí siempre una serena mujer, también descargué mis frustraciones en mis hijos a veces y también me porté como una bruta porque no conocía otra manera de reaccionar, ¿qué iba yo a hacer cuando mis hijos me reclamaran por mis errores? El que mi madre fuera terrible no me disculpa de serlo también, ella tal vez pudo ser mejor conmigo pero peor fueron con ella sus padres.
También estaba el asunto de Santiago, mucho de lo que fué nuestra relación involucraba a nuestros padres, la educación que recibió determinó su machismo pero también su inquebrantable responsabilidad, no escuchaba y no se interesaba por dialogar pero también tenía la paciencia de soportar mi carácter en silencio, ser interrumpido eternamente por su madre y luego por mí le parecía normal, estaba repitiendo ciclos igual.
Ahora venía el turno de mis hijos, Julieta no tenía un temperamento rebelde y explosivo porque sí, eso era una mezcla heredada entre Santi y yo. Su desmedida obsesión por la perfección y su ansiedad la había generado yo siendo extremadamente exigente con ella, al ser la primera, todos mis esfuerzos estaban enfocados en su educación y desarrollo pero de manera incorrecta, le hice un gran daño que, disfrazado de éxito en la vida, no le había reconocido, esa era mi culpa con ella, mi primer tesoro hermoso debió ser más feliz.
Martín por otro lado, era mucho más relajado en algunos aspectos pero su enojo era legendario, nadie quería estar en la mira de su rencor, el hombre no olvidaba nada, sin embargo fué un dulce y adorable pequeño, cariñoso y alegre, si llegó al grado de ser así fué porque me empeñe en ser severa con él y al paso del tiempo lo alejé de mí, en muchas ocasiones estaba en situaciones incómodas para él o tenía problemas pero se lo callaba todo, aguantaba para no darnos preocupaciones a su padre y a mí, pero todo lo resentía de manera que siempre estaba enfermo del estómago. A mi hermoso querubín de ojos brillantes, le faltó más apoyo de su madre.
Finalmente Lizzy, la benjamina que llegó por sorpresa, se quedó con lo que quedaba, la ropa usada, el poco tiempo, la poca atención...tal vez fué menos la agresión física que ella recibió de mi parte pero la que menos atención tuvo también, fue muy independiente por ello desde pequeña y nunca supe lo deprimida que llegó a sentirse, no podíamos comunicarnos adecuadamente y hasta hacía poco tiempo nuestra relación era lejana, mi sonriente bebé sorpresa estuvo demasiado tiempo sola.
Durante todo este proceso en mi vida desde el divorcio, me hice consciente de que la mala relación con mi madre, me llevó a tomar decisiones en el pasado que de otra manera hubiera pensado mejor; poner límites entre ella y yo y sanar las heridas con el perdón y comprensión me ayudaron a crecer como persona.
Ahora tocaba mejorar la relación con mis hijos, habíamos avanzado mucho porque su amor incondicional, me sostuvo como nada más en el mundo.
Organicé una comida para reunir a mis pequeños, comencé por agradecerles todo su apoyo y les ofrecí una disculpa por mis errores de madre, no había nada que yo pudiera hacer para reparar el daño que les hice pero merecían por lo menos saber que yo era consciente de todo y que estaba arrepentida.
Hubo algo de turbación en ellos pero lograron expresar varias de sus inconformidades acerca de mí carácter y mis faltas. Sí había resentimiento ahí guardado y por fin eran libres de decirlo sin reservas. Conversamos largamente, preguntaron todo lo que quisieron y yo explicaba desde mi punto de vista mis reacciones, algunas cosas que no habían contemplado les ayudaron a perdonarme y en otras ocasiones simplemente se remitieron a comprender que no podemos ser perfectos porque nos volvemos padres, simplemente hacemos lo que creemos mejor, pero eso no significa que estemos en lo correcto.
Reconocer nuestras fallas sin pretextar o excusarnos es adecuado, dejar de actuar de manera estúpida sin buscar atenuantes o excusarnos es necesario.
Les reconocí su inmejorable reacción ante dos padres tan torpes, ellos decidieron que todo eso debía quedar atrás y que lo mejor era ocuparnos en ser felices en adelante; decidimos que había que hacer un viaje familiar como celebración, quisieron invitar a Santiago y como él y yo ya estábamos en buenos términos, les aseguré que si su padre no tenía inconveniente, por mí estaba bien.
La paz que me producía tener una buena relación con mis hijos me llenaba de agradecimiento, durante años creí que hasta el último de mis alientos iba yo a cargar con la culpa inmensa de haberles fallado como mamá.
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Hoy amanecí cansada
RomanceRebeca es una mujer que tras su divorcio no sabe el rumbo que tomará su vida, se enfrenta a los obstaculos de su día a día sintiendose abrumada y los eventos cotidianos la remontan a sus recuerdos de juventud.
