Capítulo 36 ❆

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Las piedras volaban en cualquier dirección, y todo lo que Novara Ganodac se encontrase a su paso también. ¿Que si estaba cabreada? Claro que lo estaba. No podía creer que el idiota de Arterys volviera a enfadarse con ella por una tontería como aquella. ¿Había sido por Osrok? Ella ya tenía dieciocho años y podía hacer lo que quisiera.

¿Acaso no tenía sentido del humor?

Claro que sabía de la rivalidad de ambos, y que Arterys llevaba muy mal que Osrok se metiera con todo aquello que había estado consiguiendo o le importase. Pero no tenía ningún derecho en decirle aquello, en usar esas palabras y dejarla como a las demás fulanas del campamento.

Había algunas de las chicas que sí sabían comportarse, que incluso eran las mejores espías y curanderas de la Orden, superando incluso a los hombres más hábiles. ¿Pero las de su edad? Todas parecían corretear como pollos sin cabeza, centradas en cosas absurdas y triviales. Y ella desde luego que no era así.

La gente que pasaba por su lado apenas la miraba, a sabiendas de lo que significaba su estado de ánimo era mejor dejarla tranquila. Desde luego todo un acierto. Novara no estaba de humor para compartir ni tan solo un saludo.

Siguió avanzando hasta encontrarse finalmente en su cabaña, en la puerta entreabierta y el reguero de sangre que se colaba en el interior. Tal vez Zelik sí que estuviera herido de gravedad, o fuera una herida tonta con la que estuviera sangrando más de la cuenta. Al fin y al cabo, Zelik Omenak era un dramático de manual.

Abrió la puerta con la puntera de la bota y se internó con la mano aferrada a una daga corta que siempre llevaba en la parte trasera de la espalda. Si la necesitaba ya la tenía a mano. Entró con cautela escuchando los quejidos del chico y tan pronto como entró en la cabaña se aseguró que no hubiera alguien no deseado.

Aunque aquí todos fueran conocidos, había algunos que tenían las manos demasiado largas. Que en pocas palabras robaban a otros para luego poder venderlo en los mercados ambulantes y sacar algunas monedas de plata o si tenían suerte, de oro.

Examinando los rincones de la sala, se percató entonces de una sombra que se movía a sus espaldas. Gracias a sus reflejos, y a ver con el rabillo del ojo aquel movimiento, desenfundó rápidamente la daga para girarse sobre sus talones y lanzar un golpe hacia la persona que estaba tras ella.

—¡Novara! —El grito de Hara la ensordeció y dejó justo el cuchillo contra la garganta de la chica—. Por los Ementals, Novara...

—¿Por qué siempre tienes que ser tan silenciosa? —. Gruñó la chica para apartar con rapidez el arma y volverla a enfundar en su cinturón.

—¿Tal vez por qué es lo que nos han enseñado? —Junto a un suspiro y con la mano libre, la chica se acarició el cuello, mientras con la otra seguía sujetando un pequeño barreño donde brillaba algo de agua caliente.

—Tienes razón, lo siento, tengo la cabeza en las nubes.

—Y que lo digas...Pero un día de estos me matarás del susto.

Novara sonrió con diversión ante la exageración de su amiga y juntas avanzaron hasta la habitación de invitados. No era más que el trastero, a decir verdad, donde Novara dejaba sus armas y Hara todas las pociones y plantas u otras cosas que necesitase. Pero allí había un pequeño catre en el que ahora estaba Zelik.

—Zelik ya estoy aquí... Tranquilo. —Hara se adelantó para sentarse en un pequeño taburete que cojeaba, dejó el barreño en el suelo y volvió a agarrar uno de los trapos limpios que debía de haber robado de la enfermería—. Tienes que incorporarte, tengo que sacarte la metralla.

—¿Metralla?

Hara asintió con lentitud ante la pregunta de Novara. Sus ojos miel estaban entristecidos y cuando volvieron al chico que jadeaba, solo había más y más culpabilidad. Pero ella no era una espía, ni rastreadora, ni ladrona, asesina o mercenaria. No estaba en ninguno de los rangos en los que hubiera podido evitar precisamente aquello.

Los Secretos del Rey ❘ Libro 0.1 Precuela ❘Donde viven las historias. Descúbrelo ahora