Capítulo 37 ❆

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¿Para qué se iba a molestar en leer la carta? Era evidente lo que su maestro quería y era que ella se presentase en su salón. Tal vez para regañarla o encomendarle al fin una misión en solitario. Pues si algo deseaba Novara era mostrarle a su mentor que era tan capaz de dirigir un equipo como lo era Arterys.

No miro atrás en ningún momento, dejando que todo el mundo murmurase a su alrededor. Estaba harta de los cuchicheos que no hacían más que comenzar cada vez que salía al gentío. Pero no podía pararlos, no hasta que ella consiguiera ganarse una misión en condiciones.

Se acarició los brazos mientras avanzaba sintiendo por encima de la tela las cicatrices que provocaban en su piel un ligero relieve. Las rayas, aquellos cortes que simbolizaban un nuevo rango.

Para cuando llegó hasta la casa de Dullahan y Hedas, pudo apreciar como esta estaba en construcción. Al parecer ambos habían puesto de su parte y pagado algunos de los mercenarios con más habilidades de construcción que reparasen su hogar. Claro, los líderes no podían vivir como pordioseros.

Abrió las puertas de madera negra, pesadas, estas dejaron el suficiente hueco para que la chica pudiera pasar. El lugar estaba repleto de velas, las paredes de piedra estaban más limpias y cuidadas que las de las cabañas de algunos de los mercenarios de un estatus aceptable como lo era ella. Algunos tapices decoraban algún hueco que otro que las velas dejaban libres, prueba de las misiones exitosas y robos cumplidos.

Novara se encaminó al piso de arriba, girando a la derecha y tras internarse en la oscuridad más absoluta abrió la puerta del despacho de Dullahan y entró sin esperar una respuesta.

No había nadie. Y no entendía dónde podía estar su mentor, pero sabía que nunca estaba demasiado tiempo fuera así que sería mejor esperarle allí. Camino por el lugar viendo viejas estanterías vacías, cubiertas de polvo. Una mesa roñosa en la que su mentor ahora depositaba las cartas que le llegaban, una pluma y un tintero. ¿La decoración? Era casi nula. Un par de cortinas, y varias armas repartidas por las estanterías del otro lado de la habitación.

Novara sabía que no debía cotillear y menos si se trataba de los objetos personales de su maestro. ¿Pero era su culpa que lo dejará todo allí tirado? Ella podía verlo, entrarle la curiosidad de leerlo. Era su responsabilidad no recoger sus cosas.

La silla que se encontraba frente al escritorio y a la silla de cuero negro algo rota en la que Dullahan se había pasado los últimos días, se movió por la fuerza de sus dedos. La aparto a un lado y se apoyó con ambas manos sobre la mesa húmeda por el ambiente de la habitación.

Sus dedos apartaron algunas cartas que eran enviadas por sus soldados, seguramente con actualizaciones de las misiones que estaban llevando a cabo. No le interesaban. Todas tenían pinta de ser aburridas y sin demasiado que aportar a la misión principal por la que todos estaban allí. Buscar y recuperar los Artefactos del Ayer.

Tres objetos que habían sido el castigo divino de aquellos que usaron las Magias Mayores en exceso y en su propio beneficio. Dullahan Somber, Hedas Meradiel y la primera reina de los Dominios de Onatil, Eweryn Wyveldon.

Su mentor le había contado aquella historia innumerables veces cuando era pequeña, recalcándoles que era esencial que las recuperasen para mantener el control de su magia. Pues aquellos que adquirieran los artefactos podrían usar la magia que contenían y que por lo tanto se las restarían a los creadores de dichos objetos.

En resumen, si alguien usaba la Copa de Somber, el poder que saldría de dicha copa se le restaría directamente a Dullahan, consumiéndole hasta el punto de morir de agonía si la persona que tuviera el artefacto se excedía con el poder.

Los Secretos del Rey ❘ Libro 0.1 Precuela ❘Donde viven las historias. Descúbrelo ahora