Juan Cruz y Ezequiel son amigos desde pequeños. Su amistad es inquebrantable y se complementan a la perfección. Sin embargo, cuando una tarde de verano un camión de mudanza se detiene en su barrio, las cosas toman un drástico giro: Coni será la nuev...
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Sacudo el bizarro cartel que preparé para recibir a Juani en Ezeiza. Muero de ganas por verlo y acapararlo como una garrapata. Claro, a mis espaldas están sus padres, tan recelosos de que lo haga, que vinieron conmigo para asegurarse de que fuera derechito a su casa.
Siguen pensando que yo soy su "distracción". Juani me lo dijo una noche mientras conversábamos. No quise entrar en conflicto, ya lo hicimos una vez.
Por el bien de mi novio, dejé pasar sus comentarios y me enfoqué en él.
Solo en él.
Después de mi tonto espectáculo en el bar de Jonás, no he vuelto a hablar con Zeke con el mismo ida y vuelta de antes. Algún que otro mensaje perdido en MSN nos tiene conversando sobre cosas cotidianas, sin peso propio. Poco relevantes. Que haya cambiado su foto de perfil, significa mucho. Sobre todo, porque esta incluye a su novia.
Están abrazados. Se los ve felices. Se los ve bien juntos.
Y yo no me puedo interponer porque escogí a otra persona. Tomé la opción cantada de estar con alguien que supo hacerme muy feliz. Y también me hizo sufrir.
"Sin lluvia no hay arco iris", me dijeron una vez.
Pues bien, aquí estoy, esperando que mi historia de amor con Juani no conozca de más lluvias sino de soles y más soles.
Me abalanzo cuando lo veo reír ante mi torpe muestra de afecto. Me abraza y me besa con desesperación.
―Mi amor, mi amor ―dice, haciendo que mi corazón renazca y se emocione ―. Te extrañé tanto ―sus manos cálidas me atrapan la cara.
―Yo también, mucho, mucho. ―respondo para cuando es sutilmente tironeado por su madre. Tomo distancia, sabiendo cuál es mi lugar. Nunca me di cuenta cuán posesivos son sus padres y cuán determinantes fueron en todas las decisiones que tomó Juani hasta ahora.
Yo soy su desenfoque, su "amorcito" juvenil que lo quiere traer a toda costa a Buenos Aires y busca alejarlo del estrellato futbolístico.
No tienen idea de qué hablan.
Sus padres lo abrazan, lo besan y recogen sus dos valijas. Él únicamente mantiene la mochila en su hombro y apenas me ve sola, me abraza de nuevo. Me sube en andas y giramos como un trompo. Chillo de alegría y no me importa estar haciendo un papelón en la mitad del hall.
Cuando me baja, observo la mirada reprobatoria de sus padres. Quisiera mostrarle el dedo del medio, pero soy mejor que eso.
En el coche – el viaje hacia el aeropuerto fue hecho en un silencio pasmoso – todo es risas y anécdotas de juego. Ha vuelto el hijo pródigo y es lógico que los Veraglia se desarmen ante su pequeño, al que no ven hace tantos meses.
Juani busca mi mano, entrelazando mis dedos con los suyos y me da esa sonrisa dulce que todo lo derrite.
―Viniste ―le susurro, sin invadir la conversación que mantienen sus padres en la parte de delante de la camioneta.