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No sería la primera vez que vería a Coni

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No sería la primera vez que vería a Coni. Claro que no. Desde que regresó a Buenos Aires de forma definitiva – palabras textuales de su hermana – la he estado observando a escondidas.

Como un chico de quince, he espiado sus llegadas y sus salidas de la casa de Josefina, fingiendo que salía a comprar comida o a visitar a un cliente.

Cuando la vi por primera vez después de más de cuatro años de distancia, tan delgada, con su bonito rostro ceniciento y siendo puros ojos y labios, me recordó a la pequeña que vino con su familia de Córdoba, hace dos décadas.

Sin embargo, las circunstancias que la traían a este barrio lejos estaban de aquellas: acababa de enviudar. Mi amigo había decidido suicidarse. Intoxicarse con medicinas y bajar los brazos para siempre.

Cuando Josefina vino llorando al taller con la noticia, quedé petrificado. No me había comportado de la mejor manera con él y puede que en este último tiempo no hubiéramos hablado fluidamente como antes, pero es imposible negar todo lo que atravesamos. 

Recuerdo el golpe seco en mi pecho, el abrupto dolor en mis extremidades cuando me lo dijo.

Tuve que enviar a los chicos a sus casas porque no pude seguir trabajando.

Miro el celular con ese último mensaje, que sin temor a equivocarme, ubico horas antes de su muerte. Un mensaje sin sentido para mí y que, sin dudas, tenía un significado para él.

Trago fuerte mirando la bolsa con el regalo que hice para el hijo de mis amigos, con la esperanza y el riesgo de resucitar viejas heridas en un día tan particular.

Celeste está durmiendo desde hace rato; debe levantarse temprano para cubrir su próxima guardia de cuarenta y ocho horas. La miro, serena e inocente, ignorando las emociones que me embargan en este preciso momento.

Me siento culpable por haberla dejado al margen de mis planes y le prometo internamente que en cuanto vuelva, se los diré.

Y sucederá lo que tenga que suceder.

Bajo las escaleras chocando mi regalo contra la pared; es una mesa didáctica, un prototipo que en poco tiempo lanzaré en mis redes sociales. Si bien la idea no es original, ya que me he basado en algunos ejemplos de internet, el desarrollo y el diseño, sí.

Cuando comencé a armarla no fue pensando en el niño cuyo nacimiento intenté ignorar. Su existencia no hizo más que recordarme que Coni no era mía y que si los cálculos no me fallaban, ella y Juani habían tenido sexo al poco tiempo que Coni durmió conmigo.

Ni siquiera tengo cara para reprocharle ese comportamiento.

Con dudosa valentía toco el timbre de la casa de Josefina. Su esposo frunce el ceño cuando me ve, lógicamente, sin esperarme.

―¡Hey, Zeke! ¿Cómo estás? De saber que venías te hubiéramos esperado para cortar la torta.

―Es solo...un segundo...para dejar esto ―señalo la bolsa aparatosa en tanto me abre la puerta ―. Y por cierto, felicitaciones por el embarazo ―le digo; Josefina me lo contó la semana pasada. Según sus propias palabras, fue toda una sorpresa.

"Algo más" -Completa-Donde viven las historias. Descúbrelo ahora