Juan Cruz y Ezequiel son amigos desde pequeños. Su amistad es inquebrantable y se complementan a la perfección. Sin embargo, cuando una tarde de verano un camión de mudanza se detiene en su barrio, las cosas toman un drástico giro: Coni será la nuev...
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Las semanas pasan entre mucho trabajo y el entumecimiento mental que me provoca el alcohol. Nunca fui adepto a las borracheras, sobre todo teniendo en cuenta las terribles resacas que vienen después.
Sin embargo, después del casamiento de mis amigos, nada me importa menos que subir después de un largo día de trabajo a mi casa y ahogarme en cerveza hasta caer dormido en el sillón.
En oportunidades, unas pocas latas ayudan; en otras, hacen falta más de seis botellas para aniquilar los pensamientos que aun azotan mi cabeza.
Han pasado cuatro meses de la boda.
Es el cumpleaños de Coni, el primero lejos de casa.
Lejos de mí.
De chicos, sobre todo durante el secundario, no era tan fácil comunicarse; sin embargo, nunca dejé de saludarla. Pasaba por la puerta de su colegio y le regalaba un chocolate. Me daba un abrazo rápido y regresaba a su grupo de amistades de inmediato.
Dudo que siquiera lo recuerde.
Hoy, no la tengo para darle un chocolate ni un anillo de madera tallada.
Tampoco sé qué en qué lugar de su vida he quedado relegado.
Muero por enviarle un texto sin importar que quizás le llegue al día siguiente. Las conexiones han mejorado, pero mi equipo telefónico no es el más moderno ni el de mayor carga monetaria del mundo.
¿Y si le envío un mail?¿Un mensaje por MSN?
Camino a la computadora y me alegra saber que no me desmayé en el proceso. Evidentemente algo de claridad tengo y me felicito internamente.
Abro sesión y tildo en su nickname. Figura como "ausente", pero dejo mis palabras de todos modos.
ZekeMZ: Feliz cumpleaños.
Envío el texto. No es el mensaje más brillante ni más original, incluso suena básico y nada cariñoso a juzgar la relación que hemos sabido construir, pero me abro paso con el deseo más trillado de la historia de los mensajes de cumpleaños.
Pasa un minuto. Dos. Cinco. Diez.
Ella continúa ausente, su fotografía junto a Juani, con su vestido de bodas inmaculado y su risa aún más fantástica alimentan, inconscientemente, mi miseria.
¿Por qué me torturo de este modo?¿Por qué me clavo el puñal una y otra vez? Vacío de toda emoción, reconociendo que con veinticinco años me siento en la ruina romántica, apago la computadora y voy al baño.
Vomito. Mucho. Demasiado. Días de alcohol, de insomnio y de lamerme las heridas. Días de trabajar en piloto automático, días de desidia y desazón.
Enjuago mi boca y abro la ducha. El vapor del agua empaña el espejo del botiquín y con el puño, barro la capa de condensación que me impide ver mi aspecto.