19. Un nuevo soberano

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Varias de las sirvientas del castillo se encargan de atender a la reina tras el momento de terror que atravesó por el inesperado ataque de su esposo.

Azul les explica a algunos lo sucedido, y sugiere que lo mejor es encerrar al rey en una habitación alejada de la reina para evitar otra locura.

Mi mente sigue rondando en lo que mencionó Guille.

El ladrón del callejón lo torturó durante el tiempo que estuvo desaparecido de Tadora.

La manía lo enreda y alguien más se apodera.—Pete pasa cantando a mi par.

—Espere, Pete—lo intento detener—. Necesito hablar con usted.

Sus ojos perdidos indican peligro.

—Deténgase, por favor.

A partir de este momento, solo se espera el acontecimiento.

—¡Pete!—agarro su brazo.

El viejo pestañea un par de veces y por un segundo se muestra confuso, hasta que parece reconocerme.

—Señorita Amatista, no la había visto.

—Ya lo creo—mi mirada de dirige a donde está el desorden de personas—. Acompáñeme por aquí.

Guío a Pete lo más lejos posible de donde puedan escucharnos, para así sentirme en total libertad de interrogarlo.

—Es una tragedia lo sucedido, ¿no lo cree?—pregunta.

—¿Quién es el ladrón del callejón?—suelto, sin más.

—¿Disculpe?

—Usted sabe de lo que le hablo. Parece tener conocimiento de todo.

—Tengo visiones del futuro, sin embargo, las confundo con lo que sucede en el presente.

—De ser así, algo debe saber sobre quién está cometiendo estas atrocidades.

—Tal vez lo sepa o quizá no—se encoge de hombros—. No recuerdo muchas cosas.

—Pete, yo sé que puede hacerlo—lo tomo de ambos hombros—. Usted estuvo presente la noche que comenzó todo este problema.

Él entrecierra los ojos sin entenderme, por lo que me lamo los labios para volver a hablar y aclararle lo que digo.

—Lo recuerdo, yo iba a conseguir algo al puesto de medicinas y lo ví. Usted me detuvo y dijo muchas cosas sin sentido, incluído que yo iba a conocer a mi esposo.

—Majestad.—pronuncia en voz baja.

—Exacto, me llamó majestad sin conocerme.

Antes de que pueda orientarlo más, Ónix hace notar su presencia como es costumbre, con el sonido de sus pasos.

—Aquí están—señala lo obvio—, ¿no tendrían que estar asustados como el resto por el ataque maniático de mi padre?

—¿Y dónde estaba usted?—enderezco la espalda al soltar los hombros de Pete— Se supone que un hijo debería defender a su madre, no su sobrino.

—Larga historia—voltea a ver al anciano—. Pete, ¿quién es el ladrón del callejón?

—No lo sabe.—respondo por él.

—¿Cómo no lo va a saber? Él incluso conoce cada cabello que tenemos en nuestra cabeza.

—No lo recuerdo, alteza. Mi mente no está muy bien.

—No me digas. Y yo que te consideraba la cordura en persona.

Pete mira hacia un punto específico del suelo y vuelve a cantar la melodía que estaba entonando antes de que lo interrumpiera.

AmatistaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora