Siento sus manos y respiración por cada espacio de mí que queda al descubierto, y los que no, Ónix se las ingenia para revelar al menos un poco más de mi piel.
Mi razón se nubla cada vez que su boca regresa a presionar la mía, tanto que incluso mis labios parecen haberse hinchado por el tiempo que nos hemos tomado en seguir con esto.
—Debería parar con esto—murmura sobre mi boca—. De lo contrario te tomaré acá mismo y no sería algo prudente por parte de un soberano.
—¿Desde cuándo te importa la prudencia?—abro mis ojos con pesadez.
—¿Estás insinuando que te tome ahora, Amatista?—sus dedos regresan a la cinta que decora mi cuello.
—Te estaba poniendo a prueba, pero veo que en verdad lo estás pensando.
Acaricia mis piernas hasta donde se eleva la falda de mi vestido, para luego regresar a mi boca.
Llevo una mano a su cabello y me pierdo en la suavidad del mismo, haciendo una especie de caricia en su cabeza.
—¿Qué haces?—habla sobre mis labios.
—El color de tu cabello sigue siendo un misterio—vuelvo a acariciarlo—. ¿Te has preguntando a qué se debe?
—Es solo cabello, Amatista—se separa un poco para tratar de verme a los ojos—. ¿Estás a punto de darme otro sobrenombre por eso?
—Me gusta.—admito.
—¿De verdad?—alza ambas cejas.
—Sí, es como ver una pelusa enorme.
Tras decirlo, se me escapa una risa que parece irritarlo un instante, hasta que voltea los ojos y me calla al subir más la falda del vestido hasta que mis muslos quedan al descubierto en su totalidad.
—¿Por qué ya no te ríes?—arruga la nariz con juguetería— ¿Algo en particular que te haya intimidado?
—En realidad no. Simplemente volví a mi semblante de seriedad.
Una risa ronca resuena en su garganta, al mismo tiempo que amenaza con bajar las mangas de mi vestido, que al estar hasta mis hombros, podrían dejar mi torso al descubierto.
—Hemos roto muchas reglas ya, ¿crees que sería adecuado consumar el matrimonio en esta pared?—vuelve a verme.
—¿Donde cualquier vagabundo podría pasar y ver el espectáculo? Claro.
—Eres muy hábil en bajar la tensión.
No lo dice con molestia, sino que más con un tono divertido y ligero, porque se las ingenia en que mis piernas continúen a su alrededor al volver a inclinarse para besar mi clavícula.
—No puedo hacer nada aquí.—murmura sobre mi piel.
—¿Te frena el hecho de que se supone que nada de eso debe pasar?
—No me sería suficiente, Amatista.—roza su nariz por mi cuello cuando eleva la cabeza.
—¿En qué aspecto?
—Si voy a arriesgarme, tendría que ser viendo tu cuerpo por completo, sentirte, agitarte en más de una manera...
—Ambos sabemos que una vez nos hayamos retirado de acá, nada de eso pasará.
Mientras me mantiene elevada con su peso y una mano apoyada, la otra va a mi rostro para pasearse por mi mejilla, lo que reconozco como si tratara de ver algo que no comprendo.
Mis ojos ven directamente a los suyos, aunque la noche no me permite reconocerlos.
De repente, percibo algo extraño cuando mi cuerpo se tensa y elevo la mirada hacia una antigua y solitaria casa frente a nosotros, en la ventana para ser específica, aunque su pared está desgastada y la casa perfectamente podría desmoronarse con el tiempo.
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Amatista
RomanceElla, una ladrona buscada por los guardias del reino para ser sentenciada. Él, un príncipe frío y malhumorado al que le buscan esposa por obligación. Para el destino esto solo implica una unión.
