46. Palabras de un heredero

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Lo hipnotizante de un reloj de arena es ver cómo cada segundo la parte inferior del objeto parece llenarse en su totalidad con el contenido.

Un indicante de que el tiempo transcurre.

Cuando su jornada de tiempo ha sido completada, sueles darle la vuelta al reloj nuevamente para que se repita el proceso.

Algo que parece que no se dará en este caso.

¿No es extraño?

Rosa deja de pelar algunas zanahorias para darse la vuelta ante mi pregunta.

—¿El qué?

—Que la arena dentro del reloj se mantenga estática a pesar de que por su posición tendría que bajarse rápidamente.

La anciana observa el reloj colocado en el centro de la mesa de madera de la cocina. Comprobando de este modo que lo que digo es verdad.

—Tendría que hacerlo.—asegura.

—¿Y por qué no lo hace?

—Lo está haciendo, si te acercas un poco más podrías visualizarlo.

Me inclino con dudas de que así sea, pero me impresiono al notar que pequeñas partículas de la arena parecen caer al fondo con una lentitud imposible.

—No comprendo.

—No es un reloj común.

—¿Pero cómo?

—No puedo decir las cosas en voz alta en este lugar en específico.

Cierto.

Con el nuevo acuerdo que el príncipe estableció de una manera obligatoria con los miembros religiosos en su junta anterior. Decir la palabra videncia siquiera podría significar un gran riesgo.

Compongo mi postura sobre la silla en la que estoy sentada cuando la puerta de la cocina es empujada abruptamente por Ágatha.

La princesa de Tadora ignora nuestra presencia por el segundo en el que se dedica a agarrar una manzana de un tazón.

—Me he enterado de la visita religiosa de la otra vez.—comunica.

—Dime algo nuevo.—respondo.

—Nada más allá de que estoy muy orgullosa de que Ónix esté reivindicándose para alejarse del pecado.

Rosa hace un gesto y regresa a su trabajo de seguir pelando la zanahoria que sostenía anteriormente.

—¿Por qué preocuparte por el pecado de Ónix? Se supone que únicamente tendrías que velar por tu alma.

—Oh, Amatista. Hablas tal cual lo haría una pagana condenada.

—¿En qué sentido?

—En el creer que un corazón bondadoso solo piensa en su salvación. También tendrías que priorizar a los que amas, y yo lo amo a él.

—¿No es una falta de respeto hablarle de ese modo a la esposa de su alteza?—interfiere Rosa.

Ágatha voltea a verla sin disimular su desagrado hacia ella. Haciendo una mueca con la boca al mismo tiempo que levanta su dedo índice.

—¿Me recuerda quién es usted?

—La mucama de la señora Amatista.

—No sé de qué clase de costumbres venga usted, pero de donde yo vengo la servidumbre no tiene permitido siquiera alzar la voz ante la presencia de la nobleza.

—El lugar de donde vienes ya no tiene relevancia al no existir. Así que te prohíbo que te atrevas a levantarle la voz a Rosa de nuevo.—sostengo.

—¿Con qué derecho me hablas así, Amatista? No tienes ningún título que te avale.

AmatistaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora