Doy leves golpecitos con mis dedos sobre la mesa, no siendo consciente del ruido que provoco mientras que todas cenamos.
—¡Por Dios, Amatista! ¿Podrías guardar silencio?—Rubí niega con la cabeza—El sonido que haces se sincroniza con el de mis latidos y eso me da miedo en serio.
—No tendrás que escucharme por mucho tiempo.—susurro.
—¿Qué dijiste?
—Que la temperatura de la comida está al tiempo, ¿no te parece exquisita?
Ella baja la mirada y vuelve a agarrar otra pequeña porción de su plato con un cubierto; mientras tanto, Cristal parece más contenta que de costumbre, ya que hoyuelos se forman en sus mejillas mientras come.
—¿Y tú qué te traes?—Perla le pregunta.
—Estoy en paz, ¿ustedes no?
—¿Por qué lo estaríamos?—indaga otra.
—Ninguna ha sido eliminada desde la última vez.
—Solo han pasado horas desde la última, Cristal.—Rubí le recuerda.
—Y ya anocheció—se encoge de hombros—. Una noche más durmiendo bajo el mismo techo que dos hombres perfectamente atractivos y no con los viejos de Diamond. ¿No es eso hermoso?
Ágatha pasa cerca de nuestra mesa, todavía llorando por la reciente muerte de su padre ahora temprano. Solo nos da una mirada y vuelve a alejarse.
—Pobre Ágatha.—Cristal se lamenta.
—Lo sé, perder a tu padre debe ser duro.—concuerda Perla.
—¿Qué? No, digo que pobre porque ese color de vestido no le queda.
Las presentes miramos a Cristal en lo que ella sigue comiendo gustosamente al no tener preocupación alguna.
En ese instante, Azul se aproxima a nuestra mesa y carraspea su garganta para tomar nuestra atención.
—Por motivo del duelo de Ágatha, todas tendrán que ir a sus aposentos para descansar más temprano.
—¿Ahora?—Rubí hace un gesto.
—Me temo que sí, Rubí. Es como una muestra de respeto por el dolor ajeno.—contesta él.
—Oh, una vez mi hermano menor se golpeó un pie con un martillo y lloró—Cristal vuelve a hablar—. Y como muestra de respeto al dolor ajeno, lo observé llorar por horas sin ayudarlo.
Azul ladea la cabeza y una arruga se forma en su entrecejo al no entender las cosas que dice Cristal.
Creo que nadie lo hace, pero ella parece feliz, así que no somos quiénes para juzgarla.
—Señoritas, pueden ir levantándose para retirarse a dormir. Las cocineras se encargarán de arreglar la mesa.
Todas obedecemos y nos ponemos de pie al mismo tiempo para irnos por nuestro camino.
—Buenas noches, excelencia.—le dicen una por una a Azul.
—Descansen.
Cuando noto que cada quien se ha retirado, decido quedarme atrás para consultarle algo a Azul.
—¿Por qué no has subido a tu habitación, Amatista?
—Es que estoy muy preocupada por Ágatha.—miento.
—¿Por qué lo estarías?
—Perdí a mis padres siendo muy joven y sé lo difícil que es.
—Cierto, olvidé ese dato, Amatista. Lo siento mucho.
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Amatista
RomansaElla, una ladrona buscada por los guardias del reino para ser sentenciada. Él, un príncipe frío y malhumorado al que le buscan esposa por obligación. Para el destino esto solo implica una unión.
