39. Una letra rebotando

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Me sobresalto cuando Ónix cierra el portón de metal de una de las tantas celdas de las que dispone el palacio, dejando a Tere recostada en el suelo en su interior.

Aunque pudo dejarla en una prisión con rejas en toda su magnitud, decidió en que lo adecuado sería privarla de toda visión al exterior, a excepción de una pequeña ventanilla que nos permite ver cada uno de sus movimientos en el centro.

—Pensé que la castigarías de inmediato.—comento.

El príncipe se toma su tiempo de contemplar el portón por algunos segundos, con molestia reflejada en su rostro.

—Consejo de supervivencia, Amatista. No mates a tu oponente hasta saber que ya no necesitarás nada de él.

—¿Y qué pasará si no quiere hablar?

—Se le obligará a mi gentil forma.

Arqueo una ceja, sabiendo que no hay nada de gentil en él.

Ónix se voltea, recostando su espalda en una de las paredes, al mismo tiempo que me dedica una mirada orgullosa.

—¿Qué?

—¿De qué?

—¿A qué se debe tu expresión de orgullo?

—A que soy tan inteligente, ¿no es evidente?

—Si la hubieras atrapado antes, señor inteligente, no me habría atacado.

—No estaba convencido de que fuera Tere.

—¿Y cómo lo supiste?

—Todo apuntaba a Cristal, pero la muchacha parecía temerosa, así que era evidente que había algo detrás de todo esto a lo que aún no hemos llegado en su totalidad.

—Y decidiste arriesgar a tu pobre e indefensa esposa para averiguarlo.

—Si iba detrás de ti, era de esperarse que volvería a atacar—explica—. Además, era más probable que tú la mataras a ella antes que ella a ti.

Me cruzo de brazos, no muy convencida ante el recuerdo de mi mucama siguiéndome por los pasillos con el cuchillo en mi dirección en todo momento.

—¿Por qué alguien querría matarme?—reflexiono.

—Bienvenida a mi vida. Me han querido asesinar más veces de las que me han deseado un feliz cumpleaños.

—¿Y por qué será, Ónix?—hago un gesto de obviedad.

—¿Envidia tal vez? No es mi culpa ser mejor que los demás.

—Y vuelve el egocéntrico.

—No te incluyo en la lista de inferioridad.

—¿Significa que estoy a tu altura?

—No tan rápido, señorita Hill. No hay que precipitarse tampoco.

Puede que diga las cosas porque creen que son de ese modo, pero no es algo que me ofenda.

De hecho he aprendido a adaptarme a la forma grotesca de Ónix y no me desagrada en absoluto.

—¿Qué hiciste con las refugiadas?

—Oh, se me olvidó que las tenía en la hoguera quemándose. Ya deben ser ceniza.—se cubre la boca.

Suelto una risa y niego al reconocer su intento de broma, por lo que regresa a su semblante serio para darme una explicación.

—Les dije a los guardias que las mantuvieran aisladas en una habitación sin decirles que no serían quemadas.

AmatistaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora