35. Descontrol nocturno

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Me quedo estática, mientras que Ónix sigue deslizando sus manos por la humedad de mis hombros, continuando con el beso.

—¿Qué fue lo que dijiste?—me aparto un poco.

Él pestañea y ladea la cabeza con confusión, como si tratara de entender a qué me refiero exactamente.

—El agua está fría—se hunde más en la tina—. Muy fría.

—No, me refiero a cómo me llamaste.

—No te llamé, solo te metí aquí.

—Me llamaste por un nombre que no habías mencionado antes.

—¿Sabías que por estar metido tanto tiempo en el agua, tus dedos pueden arrugarse?

Levanta una de sus manos y la pone frente a su rostro para contemplarla, lo que me indica que sigue delirando.

—Dijiste Tista.

—¿Quién es Tista?—sigue mirando su mano.

—No lo sé, por eso te pregunto.

—Mi madre solía decirme que mi cabello era único.—cambia el tema.

—Ónix...

Ahora se toca la cabeza con inocencia mientras mira a su alrededor.

—Era evidente que iba a heredarlo.

—¿De quién?

—¿Sabías que me gustan las manzanas?

Me rindo con el intento de interrogarlo y decido escuchar todo lo que tiene que decir.

—Ah, sí, ¿por qué?

—Las comía de niño cuando me escapaba.

—¿A dónde te escapabas?

—A donde tenía prohibido ir, por eso hubieron consecuencias.

—¿Qué consecuencias, Ónix?

—Algo más rojo que una manzana por el suelo.

Dirige su mirada hacia abajo, perdido en sus pensamientos y poniéndose serio de repente.

—¿Estás bien?—llevo una mano a su mejilla.

—¿Sabías que estoy duro? Creí que por el frío no sería así.

—Bueno, ahora lo sé. Gracias por iluminarme con nuevos saberes.

Vuelve a alzar la vista y lleva dos de sus dedos a mi rostro para acercarme más a él, por lo que se inclina y cierra su boca sobre mi barbilla, como si la mordisqueara con suavidad.

—¿Qué haces?—lo miro con diversión.

—Tengo hambre—se aleja—. No me bastará eso.

Lo veo bajar la mirada nuevamente a mis pechos y cuando estoy a punto de darle una advertencia, me recuesta sobre el borde de la tina y se coloca prácticamente encima para atacar mis puntos.

El frío del material en mi espalda me hace soltar un quejido, por lo que se aleja y me mira con alerta.

—Oh, no, ¿te dolió? ¿Fue demasiado?

—Es por lo frío de la tina en mi espalda, Ónix—intento calmarlo—. No es la primera vez que haces eso de todas formas.

—Dios.—murmura.

—¿Qué?

—Sigo con hambre y esto solo me excitó.

—Eres más parlanchín en este estado, ¿sabes?

AmatistaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora