Por largos segundos solo nos dedicamos a ver lo escrito en el azúcar, y debido al impacto, nadie dice nada hasta pasado un corto tiempo más.
—Martirio.—lee Ónix.
—Dice matrimonio, alteza.
—¿Cuál es la diferencia?
—Esa es la respuesta—Pete finalmente dice algo.
—¿La respuesta a qué?—pregunto con curiosidad.
—A lo que busca.
—Yo no estoy buscando nada de esto.—aclaro.
—Y con eso acaba de admitir que busca algo, señorita Hill.
Acaba de haber una especie de revelación con todo esto y a él solo le importa acusarme para demostrar que tiene la razón.
—No he admitido nada. Lo que dije es que eso no tiene que ver conmigo.
—¿Qué quieres decir con esa palabra tan desagradable, viejo loco?—Ónix mira a Pete.
—Usted y yo sabemos la razón del porqué me buscó—Pete eleva la vista—. Y esta es su respuesta.
—Esto no tiene coherencia para lo que supuestamente se viene. Así que explícate, Pete.
—Debe pasar.—murmura nada más.
—Lo que debe pasar eres tú en una tumba.
Tomo asiento porque tengo la sospecha de que Ónix no dejará de amenazar al pobre anciano hasta tener algo más en claro, lo que implicaría mucho tiempo.
—Lo he visto todo—Pete traza una línea sobre el azúcar esparcida—. Cada vez se muestra más confuso, pero solo esto lo tengo en claro.
—Si te he buscado todo este tiempo es para tener una respuesta exacta. No para que también haya otra persona que me siga hostigando con eso.
—Alteza, el sabio Pete solo escribió matrimonio—opino—. Pero en ningún momento se ha asegurado que se trata de una unión suya con alguien más.
—Tiene razón, señorita Hill. ¿A quién te refieres, Pete?
—A una unión suya con otra persona.—responde.
—Ya no tiene la razón, señorita Hill. Mejor vaya a dormir.
Volteo los ojos desde donde estoy y tomo la decisión de ponerme de pie para mirar detalladamente la casa e intentar ocupar mi mente con otra cosa.
Paso mis manos por unos viejos cuadros de paisajes que están colocados en la vieja pared, y miro con confusión hacia un antigüo jarrón en donde supongo que ponían flores.
¿A quién le pertenece esta casa?
—Lo que te estoy diciendo, Pete, es que el matrimonio no es una respuesta ni mínimamente acertada para lo que se aproxima.—continúa Ónix.
—No, pero influye.
—Entonces dime, ¿quién tendrá el honor de convertirse en mi esposa?—se escucha agotado.
¿Honor? Esa palabra solo podría ultilizarse si su esposa queda viuda.
—No lo sé—susurra el anciano—. Se me ha olvidado.
—Lo olvidaste—bufa—. Sí, eso me sirve de mucho.
Sigo detallando cada adorno que encuentro entre las paredes del hogar, pero mi atención se centra a un pequeño espejito en el fondo y un cepillo degastado para el cabello.
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Amatista
RomanceElla, una ladrona buscada por los guardias del reino para ser sentenciada. Él, un príncipe frío y malhumorado al que le buscan esposa por obligación. Para el destino esto solo implica una unión.
