32. Vivencias de un hombre

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Cada vez que el carruaje se sigue adentrando a Moonter, no dejo de observar con curiosidad el camino desde la ventanilla del mismo.

—Es...—murmuro.

—Horrible, lo sé.—finaliza Ónix.

—¿No deberías ser menos grotesco con tus comentarios?—mis ojos regresan a su rostro.

—El lugar es horrible, feo, repugnante...

—Ya, ya. Se supone que estamos acá porque para algo ha de servirte.

—Solo me sirve para valorar hasta el rincón más insignificante de Diamond.

Resoplo y caigo hacia atrás en mi asiento a causa de que el carruaje se detiene sin delicadeza alguna.

—¡Más cuidado, Willian!—grita Ónix desde dentro.

—Lo lamento, alteza, el suelo no colabora.

—¿Puedes seguir avanzando o no?—vuelve a hablar el príncipe.

—Me temo que es hasta aquí en donde podré detenerme. Las calles parecen más rocosas cada vez.

Ónix resopla, bajándose del carruaje sin remedio alguno a causa de que ya no podremos seguir en él por ahora.
Seguidamente, lo imito y me coloco a su par para ver el lugar.

Probablemente estamos pasando la hora del mediodía y aunque es de esperarse que haya sol, el cielo se ve totalmente nublado y le da un aspecto misterioso a todo Moonter.

—En definitiva no podremos seguir recorriendo las calles—confirma el príncipe—. Tendrás que regresar con ellos a hospedarte en un lugar cerca, Amatista.

—¿Regresar? Si ya estamos acá sea cual sea el motivo, solo nos queda caminar.—me cruzo de brazos.

—Es un largo recorrido, te cansarías a los primeros segundos.

—Oh, por favor, he hecho muchas actividades que resultan agotantes sin ningún problema.

—¿Qué clase de actividades?—arquea una ceja.

—Esas que implican agitación.

El conductor se aclara la garganta al captar algún doble sentido en mis palabras, pero del siguiente carruaje, baja Pete con más escándalo del necesario.

—Moonter—pronuncia el viejo—. Hogar.

Seguidamente, se arrodilla sobre el suelo y se inclina con un visible esfuerzo para besarlo con melancolía.

—No te pongas romántico, viejo loco. Quién sabe cuantos pies pasaron por esa tierra a la que besas.—dice el príncipe.

—Está tal cuál la recordaba.—dice el anciano.

—¿Horrible y asquerosa?—cuestiona Ónix.

Niego con desaprobación y me acerco a Pete para ayudarlo a ponerse de pie de nuevo, debido a que sus débiles rodillas tiemblan al intentarlo por sí solo.

—¿Por qué le dice hogar a Moonter, Pete?—le pregunto.

—Porque aquí nací y crecí.

—¿Que no ves la similitud en apariencia?—vuelve a hablar Ónix.

—¿Significa que tiene familia por aquí que pueda hospedarnos?—vuelvo a dirigirme al anciano.

Pete arruga el entrecejo un momento, como si intentara recordar o pensara en cómo era su vida en este lugar.

Antes de respondernos, cierra los ojos y mueve su cabeza de un lado a otro para cantar.

—Y aquí vamos de nuevo.—Ónix se sienta sobre una roca cercana.

AmatistaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora