Heraze.
“Serás alguien muy poderoso” me decía mi madre cada vez que tenía la oportunidad. Me lo repitió tantas veces que, poco a poco esa palabra se fué calando muy hondo en mi mente.
Y a pesar de ser el menor de todos, sentía que era el mayor en muchas cosas. Pero eso cambió cuando cumplí la edad suficiente para iniciar los entrenamientos y ví que de los cuatro, yo era el más débil.
Severus, el mayor, poseía fuerza, desestreza e inteligencia. No sé esperaba menos del primogénito. Cornelius, el segundo, era ágil y muy rápido. Marcus, el tercero, aprendía rápido y era bueno con los hechizos.
Pero yo lo único que tenía era unas inmensas ganas de ser el mejor.
El tiempo fué pasando y logré llegar al nivel de mis hermanos, aprendiendo todas sus técnicas y habilidades. Pero sin importar cuanto me esforzara siempre estaba por debajo de Severus. Cuando pensaba que lo estaba alcanzando el aprendía algo nuevo dejándome atrás.
— Estoy orgulloso de ti, hijo mío.
Eran las palabras que mi padre le dedicaba a Severus luego de cada entrenamiento.
Yo también quería que él se fijara en mi.
Pero la verdadera competencia inició cuando mi padre nos informó que quería ceder el trono. Pero que se lo daría al primero que dominara el poder absoluto. Desde ese instante mis hermanos y yo nos la pasábamos día y noche entrenando, practicando y mejorando.
Ellos no luchaban por el trono, sólo acataban las órdenes de mi padre. En cambio yo si me mataba para ser elegido.
Un fatídico día mi madre, la persona que más amaba, se quedó dormida y jamás despertó. Mi padre estaba destrozado, no quería que nadie entrara a sus aposentos. Estár en el castillo era ganarse una reprimenda llena de dolor por parte de mi padre. Por eso mis hermanos y yo decidimos que lo mejor era pasar la mayor parte del tiempo fuera del palacio.
Una noche estaba en camino a sentarme en un roca a las orillas de un hermoso arrollo en donde pasaba horas en completa calma, siempre estaba solo y eso me ayudaba a concentrarme para seguir entrenando. Pero al llegar me percato que esa noche el arrollo tenía otra visita a parte de mi.
Con cuidado me escabullo para ver quien osaba en arruinar mi tranquilidad, cuando una larga cabellera emerger de sus aguas. La luz de la luna iluminaba su piel desnuda, brindandome una vista perfecta de su figura. Apartó los mechones que se le pegaron en la cara, y en ese momento quedé impactado.
Era tan hermosa que el simple hecho de verla te hacía perder el aliento. Su silueta era una completa obra de arte, sus labios rojos eran una divina tentación, y esa larga cabellera era el adorno perfecto.
Era la primera vez que veía una mujer desnuda, lo que me hizo sentir una incomodidad en mis pantalones. Al ver lo que su presencia me estaba haciendo quise apartarme, pero tropecé con una rama ocasionando un ruido que la alertó mirando hacía mi dirección.
— Hay alguien ahí — preguntó tapándose los pechos.
Pensé en salir corriendo, pero algo me impulsó a mostrarme ante ella, así que emergí de entre los árboles con paso firme. Ella se sorprendió y hacía todo lo posible por cubrirse.
— ¿Quién eres tú? — me miraba expentante.
Bajé mi camisa para tapar la evidente erección que tenía. Agradezco que me quede larga y pueda disimular.
— La pregunta aquí es, ¿Quién eres tú? — me dirigí a ella intentando mantener la postura.
— ¿Me estabas espiando?
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Peligrosa Oscuridad
VampirOscuridad... Tan hermosa pero misteriosa, tan fría pero cálida, tan atrayente pero peligrosa... Esa fue la oscuridad que vi y me atrajo a su sangrienta sonrísa, a sus peligrosos ojos, a su oscuro ser. ¿Acaso estoy loca? No lo sé, de lo único que est...