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Ambos caminaban por el sendero serpenteante del parque, rodeados por las exuberantes flores y el suave murmullo de los árboles. El sol se filtraba a través de las hojas, creando destellos dorados en el suelo y pintando patrones de sombra en su camino. El aire estaba impregnado con el dulce aroma de las flores silvestres y la frescura de la brisa.

Pronto llegaría invierno.

El sonido de los pájaros cantando y el suave susurro del viento creaban una melodía armoniosa que los envolvía en un aura de calma y serenidad.

—Voy a llevarte a un lugar—. Susurro Tom —Uno que visitaba antes, creo que te gustará—. Musita sonriendo de lado.

—¿En donde?—. Preguntó Bill. Tom simplemente sonrió y lo tomo de la mano, corrieron cruzando un campo lleno de flores, salieron por la carretera cruzando está rápidamente, Tom lo guío por algunos callejones, hasta que el azabache se cansó —Bebe, espera—. Hiperventilo un poco mientras reía —Estoy ahogándome. . .

—Oh—. Tom ríe —Descansa un poco—. Le dijo mientras desviaba su mirada al rededor, estaban fuera del callejon, en donde estaban un par de locales —¿Quieres ir a por un helado?—. Le pregunto, tomándolo de la mano y conectando miradas con el azabache, quien asintió sonriente.

Se acercaron al local de helados, cuyo dueño estaba entregando un helado de vainilla a una pequeña niña. Ambos se acercaron al mostrador, viendo las tantas variedades que habían.

—Muy buenos días, ¿Que desean?—. Pregunto el hombre.

—Buen día—. Saludo Tom —Qusiera dos paletas de. . .—. se giró para mirar a Bill, y que el chico le diera alguna idea, lo que su chico quisiera el lo comería.

—De fresa—. Susurro el azabache, poniéndose de puntitas para alcanzar y susurrarle a Tom.

El trenzado sonrió —De fresa, por favor—. El hombre asintió sonriente y saco del refrigerador dos paletas cubiertas por un envoltorio, Bill las tomo mientras que Tom sacaba su billetera para pagar. Estaban pasando una linda y tranquilizadora tarde juntos, dejando atrás las preocupaciones y angustias, dejando atrás todo, para estar en paz aunque fuese un día.

—Gracias—. Musitó Bill mientras se alejaban —Ahora, ¿Por donde iremos?—. Le pregunto.

—Ven. . .—. lo volvió a tomar de la mano y se encaminaron por la acera, dieron vuelta y Bill suspiró riendo.

El azabache miro a su alrededor, habían grandes contenedores de transporte marítimos, apilados uno sobre otro, parecía un estacionamiento para esas cosas, las paredes tenían dibujados grafittis enormes. El azabache veía todo con impresión, jamás había visto un lugar como eso.

Fue cuando pensó que había pasado toda su vida con la cabeza metida en un libro, que no se daba cuenta de las maravillas que habían a su alrededor, o cerca suyo. Así como Tom. Su adorado novio.

—Ven conmigo, quiero enseñarte algo—. Caminaron perdiéndose en un pasillo, en la pared del frente había un gran grafitti.

Bill abrió sus ojos con sorpresa, mientras sonreía dándole un mordisco a su paleta, el grafitti era hermoso, lo mejor de todo es que era su nombre. . .

—¿Como es que. . .?—. La pregunta quedo en el aire al no saber cómo completarla.

—Yo lo hice. . .hace un año y treinta días—. Ríe bajito al ver la fecha de creación debajo del grafitti —fue cuando comencé a saber de ti gracias a Chelsea, supe tu nombre y como acostumbraba venir aquí para olvidarme del mundo, hice esto, y es que no salías de mi cabeza. . .—. confeso —¿Te gusta?—. Le pregunta.

𝐀𝐃𝐃𝐈𝐂𝐓𝐈𝐎𝐍 | ᵀᴼᴸᴸ (𝑬𝒅𝒊𝒕𝒂𝒏𝒅𝒐)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora