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El sol de la tarde se filtraba a través de las ventanas del Cadillac, bañando el interior del automóvil con una cálida luz dorada.

Tom miraba de reojo a Bill, quien estaba sentado a su lado, observando el paisaje con una leve sonrisa en el rostro. Habían salido del hospital y el alivio se reflejaba en los ojos del azabache, que brillaban con renovada esperanza.

Mientras conducía, el trenzado no podía apartar de su mente la pesada carga que llevaba consigo. La alegría de Bill por salir del hospital era comprensible, pero Tom sabía que pronto tendría que revelarle la verdad. Una verdad que pesaba sobre sus hombros, y le atormentaba por el miedo de que las cosas no salieron como debían.

El temor lo invadía mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas para contarle asu chico sobre su recaída en las drogas y la inminente necesidad de internarse en rehabilitación. Cada vez que se giraba para mirar a Bill, su corazón se apretaba con un nudo de angustia. No quería lastimar a la persona que más amaba, pero sabía que no podía ocultar más tiempo la verdad.

Suspiro pesadamente. Y apretó el volante.

—¿Sabes?, ya quiero llegar a casa, ¡Estoy tan feliz!—. Él azabache retira su mirada de la ventana para mirar a Tom —Vamos a comenzar de nuevo como si nada de esto hubiese pasado, estaremos bien, y continuaremos con nuestras vidas, juntos —. Él azabache sonreía, y Tom sentía que no podría contener las lágrimas. Sus palabras eran como un puñal en el corazón del trenzado, quien luchaba por mantener la compostura y ocultar su propio dolor.

—A-así será, mi vida—. Susurro Tom, intentando que su voz no saliera temblorosa o quebrada.

El trayecto se volvió cada vez más largo a medida que Tom se ensimismaba en sus pensamientos. La responsabilidad de contarle la verdad a Bill, era una carga pero sabía que para liberarse ella, debía ser sincero con el azabache. Pero ahora enfrentaba su propia batalla interna.

La adicción lo había arrastrado una vez más hacia la oscuridad, y ahora debía enfrentar las consecuencias.

Él lo sabía.

—¿Estás bien, cielo?—. Preguntó el azabache, sacando a Tom de su ensimismamiento, quien giro su rostro para verlo, encontrándose con la preocupación asomándose en los hermosos ojos color almendra, de su chico.

Tom forzó una sonrisa y asintió, sabiendo que pronto tendría que confesarle todo, a él azabache.

Aparco el coche en el estacionamiento, bajó para correr hacia el otro lado, y ayudar a Bill a bajarse, porque aunque ya estuviera bien, Tom sentía que debía cuidarlo, al menos ahora que podía. Tomo la suave y cadila mano de su chico y lo tomo por la cintura, Bill solo pudo reír por lo sobreprotector que Tom llegaba a ser. . .

Cerró bien su auto, y se encaminaron hacía la entrada del edificio, saludaron a la recepcionista y se dirigieron al ascensor, oprimiendo el botón que los dejaría en el tercer piso. Él azabache sentía que Tom le ocultaba algo, o que le pasaba algo, lo notaba en su mirada, y en las veces que de soslayo lo vio apretar el volante, como si sus pensamientos le atormentaran. . .

Tom abrió la puerta del apartamento, dejando que Bill entrase primero —¿Habéis limpiado?—. Preguntó el pelinegro.

—Si—. Respondió, Tom, mientras cerraba la puerta y se acercaba para abrazar a Bill por la espalda —Estaba hecha un asco desde que. . .—. fue ahí cuando guardo silencio, no quería mencionar recuerdos que pronto serían borrados. Bill sonrió, y se dió vuelta entre el abrazo, para quedar frente s su chico —¿Quieres comer algo?—. Le pregunto el trenzado, mientras juntaba su frente con la del pelinegro, sin dejar de verlo a los ojos.

𝐀𝐃𝐃𝐈𝐂𝐓𝐈𝐎𝐍 | ᵀᴼᴸᴸ (𝑬𝒅𝒊𝒕𝒂𝒏𝒅𝒐)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora