¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Todo estará bien
Ya tenia un dia fuera del campamento, había decidido irme en la madrugada, tome un autobús y conseguí una habitación de hotel cercana a la Quinta Avenida, Dionisio se había encargado de darme cuánto dinero fuese necesario, estaba algo preocupado aunque fingiese no estarlo.
Había pasado ya un tiempo desde que salí a una misión en busca de un semidios, Percy fue el último, aunque deje de visitarlo cuando cumplio los 11 anos, por conflictos con su padrastro.
Oh Percy, tenía en a los dioses en la boca de solo pensar en esos tres ninos, solo pedía que estuviesen a salvo y creando tantos problemas, si de por si ya los causaban separados no quería imaginar juntos.
Al salir el sol, comence la busqueda de la pequeña niña, revise calle por calle, sin poder encontrar, lo cual era un gran problema, porque no se ni como se ve, ni su nombre, solo se que es una niña cerca de la Quinta Avenida.
Solo me estaba dejando guiar de mi instinto, intentando encontrar algún rastro de su aroma o de algún monstruo cerca, si había un semidiós cerca, también había un monstruo cerco.
Hablando de monstruos, revise debajo de mi pantalón de cuero negro mi cuchilla, asegure mi collar mágico, que al tocarlo se convertía en un arco y flecha, tenía ya algunos años con el, hace poco me había enterado hace poco que fue un regalo de Eros.
Estaba casi enloqueciendo, no sabia donde mas buscar, al anochecer, volví a la casa con los brazos cruzados y de muy mal humor, de solo pensar en que podría ser otra noche donde esa niña estuviese desprotegida no me dejaba dormir bien.
Cerré mis ojos, intentando dormir.
Y aquí estaba de nuevo, solo que no atada a un círculo de madera, vestida con la misma ropa de la primera vez, en el mismo jardín, solo que estaba vez cerca del arroyo, el agua cristalina y las flores que flotaban en este.
Mire el cielo, encontrando el radiante sol iluminar en su máximo esplendor, escuche el canto de los pajaritos, cerré mis ojos tomándome un momento para relajarme, mi corazón dio un salto y no tuve que girar para saber quien era.
—Tu templo es tan tranquilo.
—No te acostumbres.
—No lo haré.
—¿La encontraste?
—¿Por qué te importa tanto?
—¿Por qué no lo haría?
—Sabías que no había encontrado ninguna niña en esta zona, y sabias que vendría.
—Si, lo sabia.
—Me odias, entonces, ¿por qué?
—No te odio, pequeño demonio, tu no me has hecho nada malo.