Períodico de ayer - Héctor Lavoe
Tu amor es un periódico de ayer
Que nadie más procura ya leer
Sensacional cuando salió en la madrugada
A medio día ya noticia confirmada
Y en la tarde materia olvidada
Tu amor es un periódico de ayerMini historia - 4
Y seguido de eso pasó algo que cambió mi vida para siempre.
Después de lo de Mía, todo se desmoronó. El ambiente en casa se volvió insoportable, como si una sombra oscura se hubiera asentado sobre nosotros y nunca más se fuera a ir. Mis padres apenas hablaban, y cuando lo hacían, era en susurros llenos de tristeza o de reproches silenciosos. Mi madre lloraba casi todos los días, sus ojos hinchados y rojos, mientras intentaba mantener la casa en orden como si todo siguiera igual. Pero nada estaba igual. La pérdida de Mía había destrozado algo en nosotros que nunca pudimos reparar.
Mi padre, por otro lado, se había vuelto un hombre frío, distante. Su mirada, que antes me daba seguridad, ahora estaba llena de resentimiento. Apenas podía mirarme a los ojos, y cuando lo hacía, veía en ellos una mezcla de dolor y acusación. Nunca me lo dijo directamente, pero no hacía falta. Su actitud lo decía todo. Él me culpaba por lo que había pasado con Mía, y en el fondo, yo también me culpaba.
Ethan intentaba mantener la paz en la casa, pero incluso él, el que siempre había sido el fuerte, se estaba desmoronando. Había momentos en que lo veía luchando contra sus propias emociones, tratando de ser el hermano mayor que yo necesitaba, pero era evidente que también estaba roto por dentro. Nos distanciamos, no porque quisiéramos, sino porque la tristeza era demasiado grande paraPara ponerles en contexto, además de mi hermano mayor Ethan, tenía una hermana pequeña. Su nombre era Mía, y tenía solo ocho años. Era una niña dulce, llena de vida y siempre con una sonrisa en su rostro. Amaba jugar con sus juguetes, inventando mundos de fantasía donde todo era posible. Era la luz de la familia, y todos la queríamos, aunque era evidente que para mi padre, ella no ocupaba el mismo lugar que Ethan. Mía nunca fue su favorita. Pero eso no cambiaba el hecho de que era mi hermana, y yo la amaba profundamente.
Una tarde-noche, decidimos pasar el fin de semana en nuestra casa en el lago. Era uno de esos lugares que te hacen sentir en paz, rodeados de naturaleza, lejos de todo el ruido de la ciudad. Mi madre y Ethan decidieron darse un baño en el lago mientras mi padre se fue a comprar unas cervezas en una tienda cercana. Antes de irse, me pidió que cuidara de Mía. No fue una simple petición, fue una súplica. "Por favor, Jaqueline, por favor cuida bien de Mía. Sabes que no puedo perderla de vista ni un segundo." Era como si supiera, de alguna manera, que algo malo podría pasar. Le aseguré que la vigilaría de cerca, que no me distraería. Y lo intenté, de verdad lo intenté.
Mía estaba jugando con sus juguetes cerca de la orilla del lago, mientras yo me sentaba a leer un libro. El aire fresco, el sonido del agua golpeando suavemente contra las rocas, todo era tan relajante. Pero juro que no aparté la vista de ella por más de diez minutos. Quizás menos. Solo fue un momento, una página que me absorbió más de lo que debería. Y cuando volví a girar la cabeza, Mía ya no estaba allí.
El pánico me envolvió de inmediato. Grité su nombre, llamándola una y otra vez, pero no hubo respuesta. Empecé a buscarla desesperadamente, corriendo alrededor de la casa, mirando en cada rincón, pero ella no aparecía. La noche comenzaba a caer, y con cada minuto que pasaba, mi desesperación crecía. Sentía el frío de la oscuridad envolviéndome mientras la buscaba, cada vez con más urgencia. Grité su nombre hasta quedarme sin voz, pero era como si la tierra se la hubiera tragado.
Pronto, mis padres y Ethan se unieron a la búsqueda. Llamamos a la policía, pusimos denuncias, pegamos carteles por todo el pueblo y en la ciudad. Durante dos semanas, vivimos en un infierno de incertidumbre, de no saber dónde estaba Mía, de no saber si la volveríamos a ver con vida. Y luego, llegó la noticia que temíamos. Mía fue encontrada.
Muerta.
La habían violado y torturado. Su pequeño cuerpo fue dejado en un terreno baldío, no muy lejos de nuestra casa. La noticia destrozó a nuestra familia. Nunca olvidaré el grito desgarrador de mi madre cuando recibió la llamada, cómo cayó de rodillas en el suelo, incapaz de contener el dolor. Ethan se quedó en silencio, su rostro una máscara de incredulidad. Y mi padre... mi padre se volvió un hombre roto. Ya no era el mismo. Y en ese momento, supe que algo en nuestra relación se había roto también, para siempre.
Desde ese día, estoy segura de que mi padre me odia. No es solo una sensación vaga o un pensamiento pasajero. Es una certeza que me pesa en el alma. Lo veo en la forma en que me mira, o mejor dicho, en la forma en que ya no me mira. Es como si hubiera dejado de existir para él. No me habla, no me toca, no me reconoce como su hija. Para él, soy la culpable de la muerte de Mía. Soy la que falló. Y aunque sé que no fue mi culpa, que fue algo que no podía prever, no puedo evitar sentir el peso de esa culpa aplastándome día tras día.
Y seguido de eso, las cosas solo empeoraron...
Mi relación con mi familia se volvió tensa, insoportable. La casa, que antes era un lugar de risas y alegría, se convirtió en un lugar frío, lleno de silencios incómodos y miradas evitadas. Mi madre intentaba mantenernos unidos, pero estaba tan rota como el resto de nosotros. Sus intentos de consolarme solo me hacían sentir peor. Porque, ¿cómo podría consolarme cuando ella había perdido a su hija? A veces la escuchaba llorar por las noches, y aunque quería ir y abrazarla, nunca me atreví. El abismo entre nosotros se había vuelto demasiado grande.
Ethan, por su parte, trataba de seguir adelante como si nada hubiera cambiado, pero yo sabía que lo había afectado profundamente. A pesar de nuestras diferencias, siempre había sido protector conmigo. Pero después de la muerte de Mía, su protección se transformó en algo diferente. Se volvió más distante, más duro. Ya no era el hermano mayor que solía molestarme con bromas sobre Richard o sobre la vida en general. Se convirtió en alguien a quien apenas reconocía.
Y luego estaba Richard.
Después de lo que pasó con Mía, dejé de verlo con la misma frecuencia. No sé si fue porque él lo decidió o porque yo simplemente dejé de prestar atención a todo lo que no fuera mi dolor. Pero una tarde, semanas después de lo ocurrido, lo vi en la calle. Estaba fumando, como de costumbre, y por un segundo nuestras miradas se cruzaron. Hubo algo en sus ojos, algo que parecía entender el dolor que estaba atravesando, pero al mismo tiempo, sabía que no podía ayudarme. Asintió con la cabeza, un gesto pequeño, casi imperceptible, pero para mí fue suficiente. Fue un recordatorio de que, aunque el mundo se estaba desmoronando a mi alrededor, todavía había personas que veían a la Jaqueline que una vez fui, no solo a la que había fallado.
Ese pequeño gesto me dio un respiro, pero no cambió la realidad. Sabía que mi vida nunca volvería a ser la misma. La sombra de la muerte de Mía me seguiría siempre, y aunque intentara reconstruir mi mundo, siempre habría una parte de mí que permanecería rota, irreparable.
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