La bebé - Yng lvcas, Peso pluma
Hoy es noche de estar soltera
Le gusta el perreo y bailar de cerca
Me encanta cuando bellaquea
Quiere que la toque, pe-ro sabes ti
Que esta noche estás pa' mí
Ven, trépate encima 'e mí, manda la ubi', paso por ti
La verdad no sé cómo terminé en esa fiesta. Bueno, sí sé, pero no me siento muy orgullosa de eso. Una amiga me insistió durante días que no era la gran cosa, que solo íbamos a "estar ahí", que los tipos querían vernos, presumirnos, pero nada más. Hasta ahí, todo bien. Yo no iba a descualquierarme, ¿cierto? No soy una cualquiera. Pero claro, cuando llegamos, entendí que estaba jugando en un nivel completamente diferente.
La mansión era inmensa, como de película. Las luces, la música, las mujeres en vestidos ajustados y los tipos con miradas que daban miedo. Todo el lugar olía a peligro, a dinero. A poder. Y en el centro de todo, sentado como un rey, estaba él: Richard Ríos.
Lo había visto antes en fotos, en chismes que corrían por ahí, pero en persona... wow. Era alto, moreno, con un aire que no podía ignorarse. No hablaba mucho, pero no hacía falta. Apenas te miraba, ya sabías que estabas frente a alguien que podía tener lo que quisiera con solo chasquear los dedos.
Y lo peor de todo es que, cuando sus ojos se cruzaron con los míos, sentí como si me atravesara con esa mirada. No sé qué vio en mí, porque yo iba con un vestido blanco sencillo, algo ajustado, sí, pero nada exagerado. Sin embargo, bastó para que le dijera algo a uno de sus hombres, y antes de darme cuenta, ya estaba en su oficina.
Mi corazón iba a mil por hora cuando lo vi entrar. Era aún más intimidante en privado. Su presencia llenaba la habitación, como si el aire se hiciera más denso. No sé qué esperaba que me dijera, pero lo que salió de su boca me dejó helada.
—¿Usted sabe quién soy?
—Sí —respondí, intentando que mi voz no temblara.
—Entonces sabe que acá no se juega. Usted va a pasar la noche conmigo.
Abrí los ojos como platos y solté lo primero que se me vino a la cabeza.
—Yo no vine aquí a descualquierarme, ¿me entiende?
Él se rió, una risa baja, como si mi respuesta lo hubiera divertido. Caminó hacia mí, lento, con esa manera de moverse que tenía, como si todo el mundo le perteneciera. Se paró tan cerca que tuve que inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos.
—¿Y entonces qué cree que vino a hacer, pues? —me preguntó, con esa voz grave y ese acento paisa que, no sé cómo, me sonó sexy y peligroso al mismo tiempo.
—Me dijeron que... usted y sus amigos solo querían vernos. Eso fue todo.
—Ah, ¿sí? —dijo, con una sonrisa de lado—. Pues le tengo noticias, mamasita. Ya la vi. Y ahora no me importa lo que le dijeron. Usted es mía.
Sentí que el piso se me movía. No sabía si estaba enojada o aterrada o qué, pero algo en su manera de mirarme me dejó clavada en el lugar.
—Yo no soy una prostituta, señor —insistí, más por orgullo que por otra cosa.
Él volvió a reírse, pero esta vez no fue una risa divertida. Se acercó aún más, y con un movimiento lento, me levantó la barbilla con un dedo, obligándome a mirarlo.
—Eso lo sé. Por eso me gusta. Las cualquiera no me interesan. Pero usted... usted es diferente. Y por eso la quiero conmigo.
Me dio una vuelta, como si estuviera evaluándome, y cuando estaba de espaldas, sentí un golpe en mi trasero. Una nalgada. Fuerte. Me giré, furiosa, pero él ni se inmutó.
—Camine pa' la pieza, mamasita.
—¿Qué? —pregunté, más sorprendida que otra cosa.
—Que camine —repitió, tranquilo, pero con una autoridad que no dejaba lugar a dudas.
—Yo no voy a hacer nada que yo no quiera —le dije, cruzándome de brazos.
Él sonrió otra vez, esa sonrisa que me sacaba de quicio porque parecía que siempre tenía el control de todo. Dio un paso hacia mí, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo contra el mío.
—Aquí no se trata de lo que usted quiera, . Pero tranquila, verá que va a querer todo.
Fumaremos los dos marihuana
En el cuarto, en la azotea y en mi cama
Nena, creo te llaman, contesta mañana
Que no se apague la flama
