La noche estaba en su punto más oscuro, y yo estaba sola en casa, en la sala, viendo una película de terror que me tenía con los nervios a flor de piel. Todo estaba en silencio, salvo el sonido de la televisión y mi propia respiración, cuando el teléfono empezó a sonar de repente. Al principio lo ignoré, pensando que era alguna llamada sin importancia, pero el timbre persistente se volvió casi insoportable en medio de la quietud de la noche. Solté un suspiro, estiré la mano y contesté.
—¿Hola?
Silencio. Solo se oía una respiración pesada al otro lado de la línea. Estaba a punto de colgar, algo inquieta, cuando una voz baja, con un tono burlón y un toque siniestro, rompió el silencio.
—¿Estás sola, Sara?
Sentí un escalofrío. Era como si alguien me estuviera viendo, como si supiera exactamente cómo estaba sentada, rodeada de sombras. Miré a mi alrededor, asegurándome de que la puerta estuviera cerrada, y traté de sonar firme, aunque mi voz delataba un temblor.
—¿Quién eres?
La voz volvió a hablar, esta vez más lenta, como si disfrutara cada palabra.
—Eso no importa, preciosa. Lo que importa es... ¿qué haces sola esta noche?
Mis manos comenzaron a sudar. En la ciudad, había rumores sobre alguien que llamaba a mujeres solas en la noche, asustándolas con preguntas extrañas. Pero esta vez, algo en esa voz... me resultaba inquietantemente familiar.
—Mira, no sé quién eres, pero esto no es gracioso —respondí, tratando de sonar decidida, aunque mi pulso estaba disparado.
Una pausa larga, opresiva.
—Sara, no cuelgues. Solo quiero jugar. ¿Te gustan las películas de terror?
La pregunta me dejó sin aliento. Como un reflejo, apagué la televisión. De pronto, el silencio se sintió abrumador, cada rincón oscuro de la sala parecía observarme.
—¿Dónde estás? —pregunté en un susurro, incapaz de contener el miedo en mi voz.
Una risa suave, peligrosa, retumbó en el teléfono.
—Esa es la mejor pregunta que has hecho. Mira detrás de ti.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Giré lentamente, escudriñando cada sombra en la penumbra de la habitación. No había nadie... ¿verdad?
—Voy a colgar, y voy a llamar a la policía —dije, mi voz apenas un susurro.
—Claro, claro, llámalos. Pero eso no evitará que te encuentren. Porque, Sara... esta noche, ya no estás sola.
En ese instante, un golpe fuerte retumbó en la ventana. Retrocedí, mi corazón a punto de salirse del pecho, y entonces vi una sombra moverse por fuera, acercándose. Antes de que pudiera reaccionar, la llamada se cortó.
Corrí hacia la puerta, pero antes de llegar, lo vi ahí, en el umbral, con una sonrisa que me heló la sangre. Y su voz susurró, como si esto hubiera sido un juego para él desde el principio.
—Juego terminado, Sara.
Retrocedí un paso, sintiendo cómo mi espalda chocaba con la pared. Él seguía parado en el umbral, inmóvil, solo observándome con una sonrisa perturbadora en el rostro. Mi respiración estaba tan agitada que podía escuchar mi propio corazón martillando en mis oídos, pero me negaba a dejarme paralizar.
—¿Qué quieres? —pregunté, esforzándome por sonar fuerte, aunque mi voz se quebraba.
—Eso depende de ti —respondió, dando un paso al frente, entrando a la casa sin ningún permiso, como si la oscuridad lo escoltara. La tenue luz de la sala apenas alcanzaba a iluminar su rostro, pero había algo en sus ojos... algo familiar y, al mismo tiempo, aterrador.
Quise correr, pero mis piernas no me respondían. Él avanzó un poco más, cerrando la puerta detrás de él con un leve clic que resonó como una sentencia. La sonrisa en su rostro era burlona, como si todo esto fuera un chiste solo para él.
—De verdad pensé que sería más difícil encontrarte, Sara —dijo, pronunciando mi nombre de una forma que me hacía temblar.
Intenté calmarme y ganar algo de control. Decidí usar lo único que me quedaba: mis palabras.
—¿Qué te hice? ¿Por qué estás aquí?
—¿No lo sabes? —respondió, inclinando ligeramente la cabeza, como si se divirtiera con mi confusión—. Digamos que... me debes algo.
No entendía, pero no iba a seguirle el juego. En un rápido movimiento, agarré el jarrón de la mesa a mi lado y se lo lancé. Él apenas se movió, esquivándolo con facilidad. La sonrisa en su rostro no desapareció, pero sus ojos mostraban una chispa de interés.
—Mira, al fin me estás entreteniendo —dijo. Pero de repente, su expresión se endureció. Su voz sonó firme, cortante—. Pero te advierto, Sara, si intentas algo como eso otra vez...
La amenaza quedó en el aire, y entonces se acercó aún más, hasta que casi podía sentir su respiración en mi rostro.
—¿Qué quieres de mí? —logré preguntar con un hilo de voz, sin romper el contacto visual.
—Solo una cosa —respondió suavemente—. Que no olvides quién manda aquí.
Fue entonces cuando todo encajó. Esa voz, esa manera de moverse... No era un extraño. Era él, Richard, alguien que había estado cerca de mí, como un amigo, como alguien en quien confiaba. La máscara se había caído, revelando el lado que había estado escondiendo, uno que nunca quise ver.
Retrocedí, incrédula.
—¿Richard?
La atmósfera en la sala se volvió pesada, cargada de algo oscuro que me envolvía y me llenaba de un miedo visceral. Miré a Richard, mi supuesto amigo, y me costaba entender cómo alguien que había conocido podía mostrar una mirada tan fría y calculadora, tan... vacía.
Intenté retroceder, pero la pared detrás de mí no me daba opción. Con cada paso que él daba, sentía que el aire se hacía más escaso, que mi pecho se oprimía hasta doler. Cuando al fin estuvo a solo centímetros de mí, se inclinó lentamente, su rostro tan cerca que podía sentir su respiración en mi cuello.
—¿Por qué haces esto, Richard? —pregunté, esforzándome por mantener la voz firme.
Sus ojos bajaron hasta mis labios, y una leve sonrisa burlona apareció en su rostro.
—Porque tú siempre fuiste demasiado confiada, Sara. Pensaste que me conocías... —susurró, acercándose aún más, como si fuera a besarme, y mi piel se estremeció con la contradicción entre el terror y una atracción que odiaba sentir en ese momento.
Mis labios se entreabrieron involuntariamente, y en ese instante él aprovechó para inclinarse, dejando un beso lento y calculado, como si disfrutara de la tensión que había generado. Su mano fría se posó en mi cuello, sosteniéndome con firmeza, como si de alguna manera quisiera dejar claro que él tenía el control absoluto.
Sentí una mezcla de confusión y miedo, hasta que noté el brillo de algo afilado en su otra mano. Mis ojos se ampliaron al ver el cuchillo, y el miedo se apoderó de mí, más real y potente que nunca.
—Richard, por favor, no hagas esto... —murmuré, con la voz quebrada.
Él ladeó la cabeza, como si mis palabras no le importaran en absoluto, y en su lugar me dio una última mirada, una sonrisa llena de satisfacción. Con un susurro helado, dijo:
—Demasiado tarde, Sara.
'Cause heartbreak is savvy and love is a bitch
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