Harriet
Los motores ya rugían cuando encontré mi lugar en la parte del pit wall reservada para el equipo. Llevaba los audífonos puestos, el sol golpeándome directo en la cara, y aún así, no podía dejar de mirar la pantalla frente a mí.
Jean acababa de salir para marcar su primer tiempo. La cámara lo seguía desde arriba, el auto casi flotando sobre el asfalto. Parecía fácil desde acá, casi elegante. Pero sabía que cada curva, cada milésima, podía significar el inicio de un fin de semana glorioso o de uno para el olvido.
—Sector uno: púrpura —avisó alguien por radio.
Me incliné un poco hacia adelante, como si eso me acercara más a lo que estaba pasando en pista. Vi el nombre de Jean parpadear en la pantalla, subiendo a la primera posición provisional. Y aunque no era fan de admitirlo... se me escapó una pequeña sonrisa.
Él era bueno. Muy bueno. Y verlo ahí, haciendo lo que amaba, tenía algo hipnótico.
—Está en otra liga hoy —escuché murmurar a uno de los ingenieros cerca de mí. Asentí sin decir nada. No podía negarlo.
Cuando volvió al box después de su vuelta, se quitó el casco y me lanzó una mirada rápida, apenas un par de segundos. No fue una sonrisa. No fue un gesto. Solo una mirada. Como si supiera que lo había estado observando. Como si eso bastara.
Y tal vez, por un momento, sí lo fue.
La clasificación terminó con un último sector de infarto. Todos estaban pendientes del monitor, conteniendo la respiración. Yo también.
—Pole position para Jean Stone —anunció la voz en la sala de prensa—. ¡Qué vuelta final! ¡Esperemos que estos resultados los veamos mañana en la carrera, no olvidemos que es carrera en casa de Ferrari, deben de estar muy emocionados!.
Aplausos. Celebraciones. Algunas palmaditas en la espalda. El equipo se movía rápido, ya empezaban a desmontar, pero yo seguía ahí, mirando el tiempo que había marcado.
1:14.039.
Impresionante.
Después de la clasificación, el ambiente en el paddock era eléctrico. Gente yendo y viniendo, risas, fotos, champán (moderado, que todavía no era la carrera), y muchos "buen trabajo" flotando por ahí.
Jean Stone, piloto estrella de Ferrari y dueño de la pole, era claramente el centro de atención. Todos querían una palabra suya, una foto, un momento. Y él, como siempre, sabía manejarlo con esa arrogancia natural que a veces irritaba... y otras veces, admito, fascinaba un poco.
Mi familia también estaba ahí. Mis padres, mis tíos, incluso mi abuela —quien, a pesar de no entender nada de Fórmula 1, había insistido en venir porque "es una carrera importante y es en casa". Todos ellos estaban emocionados, tomándose fotos, hablando con los del equipo como si fueran expertos. Era adorable y, a ratos, un poco vergonzoso.
Yo, en cambio, me mantenía más al margen. Pensando en otra cosa. Clara, el refugio, la propuesta que aún no encontraba cómo presentar. Tenía en la cabeza mil ideas, pero aún no el momento.
Entonces, entre todo ese caos, apareció Jean. Con su típico aire desenfadado, el traje rojo de Ferrari ya a medio abrir, botella de agua en mano, sonrisa en la cara.
—¿No te gusta celebrar? —preguntó al verme.
—No tengo mucho que celebrar —respondí, encogiéndome de hombros.
—¿De verdad? —se acercó un poco más—. Yo diría que hiciste una buena elección apostando por mí.
—No aposté por ti, Jean. Me obligaron a trabajar contigo, ¿recuerdas?
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Dos mundos
RomansaHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
