Nueva etapa

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Harriet

Cuando me desperté al día siguiente, Londres seguía siendo gris. Y sin embargo, la ciudad no se sentía tan ajena. Había algo reconfortante en mi almohada habitual, en el café que sabía exactamente como me gustaba, en el crujir de la madera bajo mis pies al caminar por el pasillo. Era mi espacio. Pero ahora lo habitaba distinto.

Pasé la mañana respondiendo algunos mensajes y organizando la ropa de la maleta que aún no había deshecho por completo. Jean ya estaba de regreso en Mónaco, aunque me había escrito justo antes de dormirme. No había mucho silencio entre nosotros, a pesar de la distancia.

Alrededor del mediodía yo habia salido a un chequeo médico de rutina, mi padre me llamó para decir que mamá había preparado algo sencillo para "celebrar tu regreso".

Cuando llegué a casa de mis padres —porque aunque viviera allí, después del viaje se sentía casi como llegar de visita—, lo primero que noté fue el olor a comida. Lo segundo, que había más coches de lo habitual estacionados frente a la entrada. Fruncí el ceño, confundida, pero antes de poder abrir la puerta, esta se abrió de golpe.

—¡Sorpresa! —gritaron varias voces a la vez.

Me quedé congelada.

En la entrada estaban mis amigas más cercanas: Kendall, Tessa, Cami y Ari. Mi hermano también estaba ahí, con una sonrisa que no podía disimular. Había globos blancos y dorados colgando de la lámpara del comedor, y una pequeña mesa decorada con flores naturales tenía una torta modesta pero preciosa, con una sola vela encendida en el centro.

—¿Qué...? —parpadeé, completamente perdida.

—¡Feliz cumpleaños atrasado, Har! —dijo Kendall, acercándose para abrazarme—. Y bienvenida de vuelta. Se te extrañaba.

—No puedo creer esto —reí, sintiendo cómo algo se me apretaba en el pecho. Gratitud pura y repentina—. ¿Quién organizó todo?

—¿Quién crees? —respondió mi padre desde la cocina, con una copa en la mano y expresión orgullosa—. Tu madre, claro. Aunque yo puse la música.

—Ajá —respondí con una sonrisa torcida.

La tarde pasó entre abrazos, anécdotas y ese tipo de conversaciones que solo se tienen con quienes te conocen desde siempre. Todos querían saber sobre el viaje, aunque mantuve las respuestas sencillas. No quería que mi tiempo en África se sintiera como una historia que se cuenta y ya. Y sobre Jean, no mencione nada. Algunas cosas las quería guardar solo para mí. Al menos por ahora.

Mi madre me miraba con esos ojos de quien sospecha más de lo que pregunta. Pero no dijo nada. No aún.

Cuando llegó la hora de soplar la vela, sentí un nudo en la garganta. No era una gran fiesta. No había lujos. Pero tenía todo lo que importaba. Y aunque extrañaba otras cosas —otros paisajes, otra rutina, otro par de brazos—, en ese momento me sentí en casa.

—Pide un deseo —dijo mi hermano, empujándome suavemente con el hombro.

Cerré los ojos.

Y aunque no lo dije en voz alta, en mi mente solo pedí una cosa: que esto —la calma, el amor, esa sensación de pertenencia— no se deshiciera con el tiempo.

Soplé la vela.

La celebración terminó temprano, como suelen terminar las cosas cuando uno ya no tiene veinte años y la mayoría debe trabajar al día siguiente. Poco a poco, todos fueron despidiéndose con abrazos cálidos y promesas de ponerse al día "más tranquilos". Ayudé a mi madre a recoger algunos platos, pero ella me empujó suavemente hacia las escaleras.

Dos mundosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora