Harriet
Después de salir del circuito con Kendall, todo se sintió más lento, como si alguien le hubiera bajado el volumen al mundo. Había ruido, sí, pero todo me llegaba amortiguado, como si mi cuerpo entendiera que no podía procesar nada más.
Cuando llegamos al hotel, no hablamos demasiado. Kendall pidió algo ligero para comer y yo fingí que tenía hambre. La verdad, apenas podía tragar saliva.
Una vez en la habitación, me encerré en el baño, me di una ducha caliente y me puse el conjunto más cómodo que encontré. Tenía el cabello húmedo y el rostro rojo por el vapor, pero me sentía... igual. Igual de confundida, igual de tonta.
Me senté en la cama y comencé a doblar una camiseta. Luego otra. Y otra. Y otra más. Como si eso fuera a ordenarme por dentro.
Puse música, la cambié. Tres veces. No encontraba ni el ritmo ni la calma.
Entonces, Kendall apareció en la puerta del cuarto, apoyada en el marco, con esa expresión que no deja lugar a evasivas.
—Har, ¿me vas a decir qué pasa o tengo que ir yo a interrogar a Stacy?
Solté una risa sin fuerza, apenas un suspiro disfrazado. Me encogí de hombros, como si eso respondiera algo. Pero ella no se movió. Me miraba sin parpadear, firme pero sin juzgarme.
—Sé que lo que viste hoy te removió algo. Lo conozco. Y no tiene que ver solo con Jean. Esto... esto es por lo que ya viviste, ¿no?
Me quedé en silencio, mirando mis manos, que estaban enredando la tela de la camiseta como si fuera un nudo imposible de deshacer.
—Es que no puedo volver a pasar por eso —dije al fin, con la voz baja, casi temiendo escucharme a mí misma—. No otra vez. Mi ex también me dijo que "no era lo que parecía"... y luego descubrí que sí lo era. Que había estado con ella en secreto durante semanas. Y yo defendiéndolo... como una tonta.
Kendall no dijo nada. Solo vino y se sentó a mi lado, abrazándome como si supiera exactamente cuánto estaba intentando no quebrarme.
—No tienes que fingir que no duele —murmuró.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me permití llorar. No por Jean. No por Stacy. Por todo. Por lo que una vez me rompió y por el miedo absurdo de volver a repetirlo. Por el hecho de que, por más que quisiera confiar, algo dentro de mí se mantenía alerta. Porque tal vez no importa cuán real parezca algo... uno siempre puede estar equivocado.
Cuando creí que ya había soltado suficiente, Kendall se levantó a buscar su celular.
—¿Qué pasa? —le pregunté sin levantar mucho la mirada.
Ella frunció el ceño. Me extendió el teléfono.
Una historia. Una publicación reciente. Stacy, sonriendo en el restaurante del hotel. Etiquetas: "Dinner before the race 💋", junto con otras amigas y dos personas del equipo de Ferrari.
El restaurante era el de nuestro hotel. Nuestro hotel.
Sentí un nudo apretándome el estómago. El mismo nudo que se forma cuando todo te da vueltas y no sabes si estás por llorar, por gritar o por salir corriendo.
No dije nada. Solo miré por la ventana, buscando el silencio entre las luces de la ciudad.
Y ahí estaba yo, en Japón, en una habitación de hotel, con el corazón en pausa.
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Dormí mal. O más bien... no dormí. Me la pasé mirando el techo de la habitación del hotel, esperando el más mínimo indicio de que él se acordaba. Que haría lo que siempre hacía: buscarme. Mandarme una nota, un emoji tonto, una videollamada en medio de la madrugada. Pero no. Nada. Ni una sola palabra. Ni siquiera tocó la puerta.
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Dos mundos
RomanceHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
