Jean
El sol apenas se colaba entre las cortinas cuando ya estaba despierto, como casi todas las mañanas. La silueta de Harriet, tranquila y ajena a mis pensamientos, era la primera imagen que veía al abrir los ojos. Durante estas semanas, terminé pasando más tiempo en su departamento que en el mío. Al principio parecía algo temporal, pero ahora mi ropa estaba dispersa en el armario, y las cosas en cada rincón. Era casi como si viviéramos juntos. Y, para ser honesto, no me importaba.
Las mañanas con ella eran un refugio. El sexo era intenso e increible, las risas compartidas en el desayuno, la calma en medio del caos que representaba mi mundo. A veces visitábamos a su familia, y ellos me aceptaban. No como un simple invitado, sino como parte del grupo.Habian pasado dos semanas desde que ella conocio a toda mi familia, al principio, sentí un nudo en el estómago al pensarlo, en los años de distancia con mi padre, en la frialdad que aún nos separaba. Pero mi madre fue clara: "Harriet es una chica asombrosa". Y ella tenía razón.
Los fines de semana con ellos se convirtieron en un bálsamo para mi alma. Ver a Harriet sonreír rodeada de mi gente me permitió, poco a poco, relajar ese conflicto interno que cargaba. Quizá podía aprender a convivir con esa parte de mí que tanto había esquivado.
Pero hoy era día de entrenamiento, y nada me devolvía a la realidad más rápido que la rutina en el gimnasio de su edificio.
Me levanté, me puse la ropa deportiva y crucé la sala hasta el pequeño gimnasio. La maquinaria estaba impecable, la luz del mediodía entraba por los ventanales, iluminando el espacio. Empecé con estiramientos, sintiendo el cuerpo que lentamente volvía a tomar ritmo tras el descanso.
Mientras calentaba, repasaba en mi mente la temporada que se acercaba. El doctor había confirmado que podría volver a la pista, aunque algunas molestias persistían. La ansiedad me apretaba el pecho, pero el solo pensar en volver me hacía vibrar.
Harriet estaba allí, apoyándome sin decir mucho, pero con su presencia firme que me daba fuerza. La rutina diaria, las pequeñas cosas, el amor que compartíamos... todo eso era un ancla para mí.
Había estado entrenando casi una hora cuando la puerta del gimnasio se abrió suavemente. Miré de reojo y vi a Harriet entrar, vestida con su ropa deportiva. En sus manos llevaba un vaso con jugo verde, que ya se había vuelto parte de nuestra pequeña rutina matutina.
Se acercó a mí con esa sonrisa tranquila y me tendió el vaso sin decir palabra, como si supiera exactamente lo que necesitaba. Tomé el vaso y ella me dio un beso rápido en la mejilla, su forma sutil y natural de demostrar que estaba ahí.
—Asegúrate de tomarlo todo —me dijo, su voz dulce pero firme—. Te va a ayudar para el resto del entrenamiento.
Asentí, dándole las gracias con una sonrisa, mientras ella ya se dirigía hacia el área de yoga, sus pasos ligeros y decididos.
—Suerte hoy —me dijo, sin voltear, segura de que la respuesta no hacía falta.
La miré mientras se perdía en la sala de yoga, y sentí esa mezcla de tranquilidad y energía que solo ella me podía dar. Volví a concentrarme en la rutina, con el jugo verde como un pequeño recordatorio de que no estaba solo en esto.
Terminé el último trago del jugo —ese brebaje verde que Harriet insistía en darme cada mañana y que, aunque sabía horrible, ya empezaba a tolerar— y me dirigí hacia la zona de pesas. Tocaba fuerza hoy: tren superior, espalda y brazos.
La música del gimnasio sonaba de fondo, pero estaba lo suficientemente baja como para que pudiera concentrarme en el ritmo de mi respiración y el peso que tenía entre las manos. Estaba terminando mi tercera serie cuando el reloj del monitor marcó una llamada entrante. Thomas.
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Dos mundos
RomanceHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
