Harriet
Era el último día en la casa de los abuelos antes de partir hacia Mónaco, y aunque el sol brillaba fuerte, la atmósfera era serena. Decidimos hacer algo sencillo, algo que nos permitiera disfrutar de los últimos momentos en este lugar tan especial.
Nos subimos todos al coche, mi abuelo al volante, como siempre con esa energía que parece no agotarse nunca. La abuela estaba a su lado, y yo, por supuesto, estaba al lado de Jean. El aire fresco de la mañana nos acariciaba mientras nos dirigíamos al centro del pueblo. Las calles estaban adornadas con flores de colores vivos, y los pequeños cafés al borde del camino daban ese toque pintoresco que siempre he amado de este lugar.
Jean observaba todo, como si estuviera viendo un pedazo de historia que no conocía. Los pequeños detalles, las casas de piedra con techos de tejas, las puertas de madera con macetas llenas de geranios... Parecía fascinado por lo simple, por lo auténtico.
-Es bonito aquí – dijo él, como si nunca hubiera estado en un lugar tan relajado.
-Sí, es mi lugar favorito– respondí, sonriendo al ver cómo se sumergía en el ambiente.
El pueblo no era grande, pero tenía una calidez que se sentía en cada esquina. Mientras avanzábamos por las callejuelas, nos encontramos con varias personas que saludaban a mi abuelo con familiaridad, y Jean comenzó a entender que este no era un lugar ajeno para mí, sino una parte muy importante de mi vida.
Finalmente, paramos frente a una pequeña plaza donde decidimos caminar. La familia se separó un poco, explorando los puestos de artesanías, comprando recuerdos, o simplemente charlando con los locales. Jean y yo nos quedamos atrás, caminando a un ritmo más lento.
-Es raro estar aquí contigo– dijo, su tono suave, casi reflexivo.
-¿Por qué?– pregunté, mirando a mi alrededor.
-Porque, por primera vez, no estamos corriendo contra el tiempo – explicó. -No hay eventos, no hay carreras, solo este... pequeño mundo tuyo.
Me quedé en silencio por un momento, asimilando sus palabras. Era cierto. Estábamos tan acostumbrados a vivir en un ritmo frenético, y por una vez, estábamos simplemente viviendo el momento.
El resto de la tarde transcurrió tranquilamente. Después de recorrer el pueblo, paramos en un pequeño café al aire libre y nos sentamos todos juntos a tomar algo. Las conversaciones fluían sin prisas, y la sensación de hogar se apoderó de mí una vez más. Estaba contenta de que Jean hubiera visto todo esto, que lo hubiera experimentado junto a mí.
Aunque sabía que Mónaco nos esperaba, había algo en este lugar, en este pequeño pueblo, que siempre me recordaría lo que realmente importaba.
La tarde continuaba su curso y, después de pasear por el pueblo, decidimos regresar a la casa. El sol comenzaba a caer lentamente, pintando el cielo con tonos anaranjados y dorados. La piscina de los abuelos estaba justo al lado de la casa, rodeada de jardines bien cuidados y una vista impresionante de las colinas cercanas.
-¿Nos damos un chapuzón? – propuso mi abuelo mientras se quitaba la camisa y se lanzaba al agua sin pensarlo dos veces, como si tuviera la mitad de la edad que realmente tenía.
Todos nos reímos mientras él nadaba como un niño, demostrando una vitalidad que no entendía. Mi abuela, más tranquila, ya estaba tendida bajo la sombrilla con una copa de vino, observando a todos con una sonrisa.
-¿Te atreves a meterte?– me preguntó Jean, sonriendo mientras se quitaba la camisa.
Nos miramos, y aunque sabía que no era su ambiente habitual, algo en sus ojos me dijo que estaría dispuesto a seguirme el juego. Así que, sin pensarlo mucho, corrí hasta la orilla y me lancé al agua. Jean me siguió, y antes de que pudiera reaccionar, sentí sus brazos alrededor de mi cintura. Nos reímos, chapoteando en el agua, con el sol ya casi ocultándose, haciendo que todo tuviera un brillo dorado.
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Dos mundos
RomanceHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
