Harriet
Pasaron semanas.
Muchas más de las que imaginé necesitar para que el nudo en el pecho aflojara.
Jean seguía en Londres, aunque ahora sus visitas a fisioterapia eran mensuales. Lo había visto un par de veces en eventos públicos, reuniones pequeñas donde actuábamos como si fuéramos solo eso: figuras que compartían una historia profesional. Nada más.
Pero cada mañana, sin falta, recibía un mensaje suyo.
Y cada noche, una nota de voz.
Breve. Cálida. Como si no supiera hacer otra cosa más que cuidarme sin tocarme.
Esa noche llovía.
Y yo, por costumbre —o masoquismo emocional— tenía la televisión de fondo mientras respondía correos. Fue entonces cuando lo escuché.
—Y dime, Jean —dijo el entrevistador, sonriente—, ¿qué fue lo más difícil de superar durante tu recuperación?
Pausa.
Un pequeño silencio. Él respiró hondo.
—No fue el dolor. Ni las fracturas. —Su voz era grave, cansada... honesta—. Fue perder algo que no sabía cuánto significaba hasta que lo arruiné.
Tragué saliva.
—¿Te refieres a tu oportunidad de título?
Él negó con la cabeza. Lo vi en la pantalla.
Sus ojos no miraban a la cámara. Estaban perdidos en otro recuerdo.
—No. Me refiero a la persona que estuvo ahí cuando nadie más lo hizo. La que me sacó del fondo sin siquiera darse cuenta. Y que se fue... porque yo no supe quedarme.
El mundo se detuvo un segundo.
No dijo mi nombre.
No necesitaba hacerlo.
Apagué la televisión.
Y entonces, el timbre.
—Harriet —dijo Carlos, el portero, por el intercomunicador—, tienes una entrega. De parte de... bueno, creo que lo conoces. No quiso subir. Dijo que lo sabrías cuando lo vieras.
—Está bien
Colgué. Fui a la puerta. Esperaba flores. Una disculpa. Tal vez un jean medio arrepentido con su bastón elegante y una sonrisa torpe.
Cuando abrí la puerta, no fue Jean quien me miró, era una caja en medio del pasillo.
Pesaba.
Como si dentro llevara piedras.
Me senté en el sofá con ella entre mis piernas, insegura de abrirla. Una parte de mí temía encontrar algo que doliera más que todo lo anterior.
Adentro, sobres.
Decenas. Quizás más de cien.
Todos con fechas en la parte de atrás.
La primera me quebró.
07 de agosto—mi cumpleaños.
La abrí con manos temblorosas. Y comencé a leer.
"Hoy debería haber estado contigo. Celebrando tu vida, haciendo algo ridículo que me haga reír solo para verte rodar los ojos. Pero no. Estoy en un avión rumbo a África. Y estoy enojado conmigo. Porque aunque este viaje es por ti, por lo que tú haces, no estás conmigo. Y eso, Harriet, me está volviendo loco."
"Me subí a este vuelo pensando que tal vez entender tu mundo me haría merecerte. Que si caminaba por los lugares que tú pisaste, si escuchaba las historias que tú escuchaste, podría acercarme un poco más a ti. Pero sé que no es suficiente. Aun así, escribo. Porque es lo único que puedo hacer sin ti."
Me tapé la boca con la mano.
El aire dolía.
El corazón... ni hablar.
Tomé otro sobre. Y otro.
24 de agosto.
5 de septiembre.
7 de octubre.
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Dos mundos
RomanceHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
