oh no Suzuka

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Harriet

Nunca pensé que aprendería a cambiar un foco con la linterna del celular en la boca mientras equilibraba una escalera prestada por el conserje. Pero ahí estaba yo, tres noches después de mudarme, preguntándome si de verdad había nacido para esta nueva vida adulta... o si era simplemente una actriz muy comprometida con el papel.

Los primeros días fueron extraños. El departamento, aunque precioso, se sentía más como una vitrina que como un hogar. Todo estaba demasiado limpio, demasiado ordenado, demasiado... silencioso. Dormí en el piso las dos primeras noches porque la base de la cama no había llegado, solo el colchón. Y sí, el piso de madera brillante se ve precioso en las fotos, pero no es lo más cómodo del mundo para la espalda.

Desempacar fue una experiencia casi terapéutica. Había algo reconfortante en encontrar mis libros, mis portarretratos, los cojines absurdos que me regaló Cami una Navidad y hasta ese marco con luces que hizo Ari en una pijamada. A medida que las cajas desaparecían, el departamento empezaba a sentirse más mío. Como si los recuerdos fueran las piezas que faltaban para armar la idea de "hogar".

Tuve que organizarlo todo sola —bueno, con ayuda moral de Kendall y visitas esporádicas de Jason que incluían más risas que ayuda real. Aprendí a poner focos, a escombrar armarios, a ensamblar una mesa de noche con un manual que parecía escrito en código secreto. El momento más crítico, sin duda, fue darme cuenta de que no había pensado en una silla para el escritorio. Ni una. ¿Cómo planeaba sentarme a trabajar? ¿Flotando?

Y luego estaba el tema más importante: la comida.

Mi primer instinto fue obvio: delivery. Comida china, sushi, pasta, repetir. Pero luego recordé algo. Me había mudado para eso. Para crecer. Para enfrentar las cosas como una adulta y no seguir viviendo como si todo me lo resolvieran. Así que hice lo más radical que se me ocurrió: compré cinco revistas digitales de cocina. De esas con fotos brillantes, ingredientes que no sabía pronunciar y promesas de "recetas fáciles" que llevaban como 17 pasos.

Spoiler: aún no hago la de lasagna de berenjena, pero ya dominé los sándwiches gourmet y una pasta con pesto bastante decente.

También hice mis primeras compras en el supermercado. Sola. Con lista en mano y todo. Tardé casi una hora solo en los pasillos de limpieza porque no tenía ni idea qué limpiador necesitaba para el piso de madera ni qué tipo de detergente era el "menos tóxico". Mandé fotos a mi madre y a Kendall como si estuviera en una misión secreta. Al final, volví a casa con más snacks que comida real... pero aprendí.

Incluso empecé a moverme sola por la ciudad. Al principio me bajé dos estaciones antes, después me pasé tres. Pero ya me sé los nombres, los atajos, los tiempos. Papá insiste en enseñarme a manejar —dice que "no serás verdaderamente independiente si dependes del metro"—, pero aún no estoy lista para poner en riesgo la vida ajena. Kendall dice que lo haría solo para grabarme cuando confunda el freno con el acelerador.

Y probablemente tenga razón.

Pero lo cierto es que este nuevo espacio ya se siente un poco más como casa. Con sus focos recién puestos, su cocina con olor a pan tostado y mis zapatos tirados en la entrada. Quizá no tengo todo resuelto aún... pero estoy aprendiendo.

Y por ahora, eso es suficiente.

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Llegué a Japón con una emoción que no podía esconder.
El viaje había sido largo, pero la sensación de estar de vuelta en el paddock, de ver a Jean después de tanto tiempo, me llenaba de una extraña energía. Estaba feliz por estar aquí, con él, por fin después de la distancia, las semanas de silencio y las llamadas a escondidas. Pero nada me preparó para lo que estaba por venir.

Dos mundosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora