Bélgica

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Harriet

El zumbido constante del aeropuerto era casi tranquilizante. Pasos apresurados, voces entrelazadas en distintos idiomas, y el leve aroma a café recalentado flotando en el aire. No me detenía a mirar mucho a mi alrededor, con el boarding pass en una mano y mi mochila colgando del hombro, porque si lo hacía, empezaría a cuestionarme otra vez.

Me subí al avión sin decirle aún a Jean que iba en camino. A veces era más fácil vivir en el silencio por unos minutos más antes de soltar una verdad que podía cambiar algo. O todo.

Sí, iba a Bélgica. Había decidido estar presente. No por presión, ni por culpa, sino porque lo quería. Porque lo extrañaba. Porque verlo correr siempre me recordaba que amar también podía sentirse como una meta cruzada con el corazón en la garganta.

Pero no iba solo por eso.

Guardé mi celular en el bolsillo y me acomodé en el asiento de ventanilla. Suspiré largo.

En unos días estaría subiéndome a otro avión, uno mucho más largo, rumbo al norte de África. Esta vez con Clara. Voluntariado. UNICEF. El centro de emergencia necesitaba personal de apoyo tras una serie de desplazamientos forzados. No era una decisión impulsiva; llevaba semanas en conversaciones, solicitando permisos, evaluando si estaba lista.

Y lo estaba. Pero eso también significaba que no pasaría mi cumpleaños en casa, ni con mi familia. Ni con Jean.

Apreté los dedos alrededor del cierre de mi chaqueta.

Él no lo sabía aún. No del todo. Hoy pensaba decírselo. Después de la carrera. Después de que todo el mundo lo viera levantar el trofeo o pelear hasta la última curva. Yo iba a estar ahí, entre la multitud, siendo solo Harriet, sin control de daños ni etiquetas de relaciones públicas.

Solo yo.

Y entonces, cuando el ruido bajara un poco, cuando sus ojos se encontraran con los míos tras el casco, le diría lo que venía. Las tres semanas. El centro. Mi cumpleaños lejos. Le hablaría del miedo, del deseo, del por qué esto era importante para mí.

No sabía cómo lo tomaría. Jean era muchas cosas, pero sobre todo, era honesto. Y yo tenía que serlo también.

Miré por la ventanilla mientras el avión rodaba por la pista.

No sabía qué pasaría después. Pero al menos, esta vez, no estaba huyendo. Iba a enfrentar lo que viniera, en Bélgica y más allá.

Por él.
Por mí.

<<<<<

El calor del asfalto se sentía incluso entre las sombras del paddock, y el aire estaba cargado de adrenalina, aceite, y esa electricidad que solo existe cuando un Gran Premio está por comenzar. Era un caos organizado: ingenieros corriendo con tablets, mecánicos afinando detalles, y cámaras por todas partes buscando capturar ese "algo" que hace que la Fórmula 1 se sienta más viva que cualquier otro deporte.

Me ajusté las gafas de sol y respiré hondo antes de cruzar el arco rojo y blanco de Ferrari.

Louis me recibió con una sonrisa amplia y cálida, como si no fuera extraño que apareciera así, sin previo aviso.

—Harriet, qué gusto verte aquí. Justo pensaba en ti hace unos días, ¿cómo estás?

—Mejor ahora que estoy de vuelta en este caos controlado —respondí con una sonrisa, extendiéndole la mano—. Gracias por dejarme pasar sin tener que atravesar mil filtros.

—Por ti, siempre. ¿Y Jean? ¿Ya sabe que estás aquí?

Negué, conteniendo una sonrisa.

—Aún no. Quería que fuera... una sorpresa.

Dos mundosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora