Harriet
El silencio era más abrumador que los gritos. Más hiriente que cualquier palabra.
Después de que Stacy salió, dejando tras de sí esa amenaza suspendida en el aire, no hubo nada. Ni una disculpa. Ni una explicación. Solo Jean, sentado en la cama del hospital con la mirada clavada en mí... y yo, de pie como si mis pies estuvieran atrapados en concreto.
Por un segundo, y me odio por ello, pensé que no iba a hacer nada.
Que se iba a quedar callado mientras ella me echaba como si yo no tuviera derecho a estar ahí.
Y ese segundo me dolió. Me partió por dentro. Porque si no iba a defenderme ahora, después de todo... ¿cuándo?
—Harriet... —murmuró finalmente.
Levanté una mano. No para detenerlo. Sino para protegerme.
De él. De sus ojos. De lo que no me había dicho.
—No lo hagas —susurré, con la voz rota—. No digas nada si no vas a decirlo todo.
Él frunció el ceño, como si eso lo desconcertara.
—¿Y qué es "todo", exactamente?
—No lo sé —reí sin humor—. Tal vez deberías empezar tú, ¿no crees? Porque yo he tenido que leer titulares, recibir llamadas, manejar rumores... todo mientras tú te escondías detrás de tu silencio. Mientras Stacy aparecía con esa maldita seguridad como si todavía tuviera algún derecho sobre ti.
El había dicho algo, algo que solo pude escuchar levemente.
Me detuve.
Tenía la mano en la perilla, lista para salir del cuarto. Pero algo en su tono, en esa forma tan suya de sonar dolido y confundido, me hizo girar sobre mis talones.
—¿Qué? —dije sin miramientos.
—Yo... te mandé mensajes, Harriet. —Su voz era baja, casi dolida—. Tú no contestabas.
Mis ojos se abrieron con rabia contenida. Reí, amarga, incrédula.
—¿Eso es todo? ¿En serio? ¿Esa es tu gran excusa?
Él frunció el ceño, claramente no esperando esa reacción.
—¿Qué querías que hiciera?
—¡No era mi maldita responsabilidad, Jean! —espeté, alzando la voz sin importarme si alguien escuchaba desde el pasillo—. ¡No lo era! Si de verdad querías buscarme, si te importaba mínimamente todo lo que construimos, me hubieras buscado. ¡Hubieras venido! Me hubieras enfrentado. ¡Me hubieras hablado de todo esto antes de que explotara! Pero no lo hiciste.
Él intentó decir algo, pero no le di espacio.
—Te escondiste. Como un maldito cobarde. Y yo... yo tuve que recoger los pedazos. ¡Tuve que poner la cara mientras tú desaparecías! Me crucé con cámaras, con preguntas, con gente especulando... ¡y ni siquiera sabía si tenías intención de aparecer o no!
—Yo estaba confundido —susurró—. Estaba tratando de...
—¡Todos estamos confundidos, Jean! —le corté, con lágrimas en los ojos—. Pero algunos no tenemos el lujo de desaparecer cada vez que no sabemos qué hacer.
La habitación se quedó en un silencio que dolía. Su rostro palideció, como si cada palabra hubiera sido una estocada directa al pecho. Pero no me arrepentía.
No esta vez.
Di un paso atrás.
—Solo... no vuelvas a buscarme con excusas baratas. Si tienes algo que decirme de verdad, que valga la pena... entonces háblame. Pero no me uses para calmar tu culpa.
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Dos mundos
RomanceHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
