Capitulo 15

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Harriet

Imola estaba de fiesta.
Las calles que horas antes estaban tranquilas ahora vibraban con el eco de una victoria. Las banderas rojas con el icónico caballo de Ferrari colgaban de balcones, ventanas y hasta de los autos que pasaban tocando bocina sin parar. No había un solo rincón del pueblo que no se sintiera parte del triunfo.

La celebración se había extendido a un pequeño local tradicional, reservado solo para el equipo, unos cuantos cercanos... y yo. Estaba sentada en una mesa lateral, con una copa de prosecco que no había terminado, viendo cómo todos rodeaban a Jean como si fuera una estrella de rock. Técnicos, mecánicos, incluso los cocineros querían una foto con él. Lo observé por un momento, su sonrisa, la forma en que hablaba con todos, cómo tenía ese extraño don de hacer parecer que encajaba en cualquier lugar.

No parecía el mismo tipo con el que había peleado tantas veces en el paddock. O tal vez sí, pero solo yo tenía acceso a esa otra parte.

No me di cuenta cuándo se acercó hasta que lo tuve justo enfrente, con una cerveza en la mano y el cabello aún algo despeinado por la carrera.

—¿Y tú? —dijo, alzando ligeramente la botella— ¿Vas a brindar por mí o solo viniste a juzgarme en silencio?

Le sonreí apenas, sin comprometerme del todo.

—Aún estoy decidiendo —respondí, dándole un pequeño sorbo a mi copa.

Jean soltó una risa suave y se sentó a mi lado, como si no importara todo el revuelo que tenía alrededor. Como si ya hubiera tenido suficiente del ruido.

Aproveché el momento de calma, su atención centrada por primera vez solo en mí, para hacer la pregunta que había estado rondando mi cabeza todo el día.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —pregunté, intentando que sonara casual. Levanté la vista del borde de la copa y la fijé en él— Digo... después de toda esta locura.

Él me miró de reojo, y aunque su expresión era relajada, noté ese brillo sutil en sus ojos. Como si ya supiera que yo no solo me refería a la fiesta.

—No lo sé —dijo finalmente—. Supongo que depende de quién me invite a hacer algo más interesante.

La noche siguió su curso como si el tiempo no importara.

Música italiana sonaba desde un pequeño parlante en la esquina del local, la comida parecía no terminar jamás —pizza tras pizza, bandejas de pasta, copas de vino pasaban de mano en mano— y la gente hablaba, reía, celebraba como si el mundo se acabara mañana. Afuera, el aire era más fresco y el aroma a verano y calle vieja se mezclaba con el humo de algún cigarro y los gritos eufóricos que aún llegaban de las calles de Imola.

Estaba en una de las mesas, ahora con parte de la familia de uno de los mecánicos, escuchando una historia que no terminaba de entender sobre una carrera en Mónaco que involucraba una lluvia repentina y un casi accidente con un gato. Sonreía, asentía, aunque mi mente iba y venía, atrapada entre la emoción del día y la pesadez de la madrugada.

Jean se había movido de un lado a otro, riéndose con algunos, saludando a otros. Pero de vez en cuando, su mirada se cruzaba con la mía. No de una forma intensa o comprometida. Solo lo justo. Como si me estuviera chequeando.

Cuando finalmente la fiesta empezó a apagarse —uno a uno se despedían entre abrazos, dejando platos a medio terminar y botellas vacías—, me puse de pie, buscando mi bolso. Me acomodé el cabello con los dedos y traté de ubicar algún coche o taxi cerca. Pero antes de siquiera sacar el celular, escuché su voz detrás de mí.

—No vas a irte sola, ¿verdad?

Me giré y lo vi ya con una chaqueta ligera sobre el mono de Ferrari, las llaves del auto en la mano y esa expresión suya que no se decidía entre arrogancia y... ¿preocupación?

Dos mundosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora