Harriet
Había pasado una semana desde la gala.
Una semana desde esa noche que superó incluso nuestras expectativas más optimistas. Se recaudaron más de 300 millones de dólares. Cada centavo ya estaba en proceso de ser distribuido a los distintos proyectos que habíamos planificado con tanto cuidado. No hubo escándalos, ni titulares malintencionados. Solo titulares con palabras como solidaridad, esperanzay acción.
Fue un éxito total.
Y aún me costaba creerlo.
Ahora mismo estaba en casa. Mi casa. Con Jean.
Sentado en el sillón, descalzo, el cabello alborotado, y ese vaso de jugo de naranja que insistía en tomar sin usar un posavasos. Se lo había advertido dos veces esta mañana, pero claramente no tenía pensado cambiar sus costumbres por más elegante que fuese la mesa de centro.
Y, sin embargo, verlo ahí, tan... en paz, tan parte de este espacio, me daba una sensación de estabilidad que no sabía que necesitaba.
Era domingo. No había compromisos, ni trajes, ni cámaras. Solo nosotros. Y eso, para variar, se sentía suficiente.
Por ahora, eso bastaba.
El sonido de la ducha apenas dejaba escuchar el timbre del celular. Lo había dejado vibrando sobre la encimera de la cocina, y cuando me acerqué, vi que era una llamada con un nombre que no esperaba ver: Pierre Stone.
Fruncí el ceño. Caminé hacia el baño con el celular en la mano.
—Jean —dije desde la puerta, alzando la voz lo suficiente para que me oyera—, te está llamando tu papá.
—¿Mi papá? —repitió desde dentro, su voz se volvio un poco tensa.
—¿Contesto?
Hubo un segundo de silencio y después respondió:
—Sí. Si no es urgente, dile que lo llamo en un rato.
Asentí aunque no podía verme y deslicé el dedo para contestar.
—¿Hola?
—Jean —dijo una voz masculina, con tono firme pero educado—. Hijo, necesito hablar contigo...
—Eh... soy Harriet —lo interrumpí suavemente.
Un silencio breve. Luego una leve risa, discreta, casi nostálgica.
—Ah, claro. Harriet. Te reconocí por la voz, solo que no esperaba que contestaras tú. Qué bueno hablar contigo.
—Si, señor Stone —dije, un poco nerviosa.
—Llama a Jean, por favor. Quisiera invitar a ambos a pasar la tarde en la casa. Hace mucho que Jean no viene... y creo que ya es hora.
Abrí la boca para decir algo, pero no supe exactamente qué. Dudé.
Él continuó:
—Sé que no es habitual... y comprendo que quizás no tengan tiempo o ganas. Pero me gustaría verlos. Y mi esposa también. Solo será una tarde tranquila. Nada más.
Inspiré hondo, con los dedos tensos en el celular.
—Está bien. Le diré. Gracias por llamar.
—Gracias a ti, Harriet. Espero verlos.
Colgué.
El agua de la ducha ya se había detenido, y poco después Jean salió con una toalla atada a la cintura y el cabello empapado.
ESTÁS LEYENDO
Dos mundos
RomanceHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
