Capítulo 27

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Harriet

—Siempre me dejas con algo en la garganta, Harriet.

No supe qué contestar. Y tal vez no había una respuesta adecuada para eso.
Solo lo miré. Vi cómo se quedaba quieto, como si estuviera conteniéndose, como si parte de él quisiera decir algo más... pero no quería romper lo que quedaba del momento.

Y justo entonces, como si el universo tuviera una pésima noción del tiempo, mi teléfono vibró en la mesita de noche.

Clara.

Excelente. Tenía que llamar ahora. Justo después de darle la noticia.

—Tengo que tomar esto—dije en voz baja, evitando mirarlo demasiado.

Jean asintió sin decir nada, los labios en una línea tensa.

Tomé el móvil y salí al balcón, cerrando la puerta de vidrio tras de mí. El aire de la noche estaba fresco, y en el fondo se escuchaba la ciudad celebrando la victoria de Ferrari, o simplemente una noche de verano belga que no tenía idea del lío emocional que había en la habitación 508.

—Clara, —saludé con un tono forzado.
—¡Harriet! Solo llamo para confirmar lo del vuelo. Ya te envié la información al correo. Salimos el miércoles en la mañana. ¿Todo bien allá?

Miré el cielo oscuro por un momento, respirando profundo.

—Sí. Todo bien.

—Bueno, no quiero interrumpir más. Confírmame mañana y te reenvío la lista de las cosas que necesitaremos allá. Cuídate.

Colgué sin mucho más, y al volver la vista hacia la habitación, lo vi.

A través del ventanal, Jean se levantaba lentamente del borde de la cama. Su espalda ancha se alejaba sin prisa, sus pasos firmes pero sin la energía con la que había llegado. No volteó. Solo desapareció tras la puerta del baño, cerrándola tras de sí.

Tragué saliva.

El reflejo en el vidrio me devolvió una imagen que no me gustaba: yo, parada en el balcón, con la emoción de la sorpresa ya disuelta y el sabor amargo de una despedida anticipada en la boca. ¿Cómo se le explica a alguien que elegir otra cosa no significa dejar de querer?

Apoyé la frente contra el cristal, sin atreverme a volver a entrar todavía.

Esto es lo correcto. Lo sé. Pero eso no lo hace más fácil.

La puerta del balcón se cerró tras de mí con un leve clic.
Adentro, la habitación se sentía más pesada que antes, como si el aire mismo supiera que algo se había roto un poco.

Me senté en la cama, pero no en cualquier parte. Me recargué contra la cabecera, con las piernas cruzadas, mirando hacia la puerta del baño.
No quería parecer ansiosa, pero tampoco indiferente. Solo... estaba ahí. Esperando.

Sabía que para Jean no era solo una visita o unas vacaciones. Para él, esas tres semanas eran una especie de burbuja donde finalmente podríamos ser solo nosotros, sin horarios, sin protocolos, sin distancia. Y yo acababa de pinchar esa burbuja.

Me froté las manos, inquieta.

¿Era tan malo querer irme a ayudar? ¿Tan egoísta?

Yo creía que no. Lo necesitaba. Esa parte de mí, la que se sentía útil y viva en los lugares más remotos, no desaparecía solo porque ahora tenía a Jean. Pero había algo en su reacción... en su silencio... que me desconcertaba.

El sonido del agua cesó finalmente.
Unos segundos después, la puerta del baño se abrió.

Jean salió sin camiseta, con el cabello húmedo, y una toalla secándole la nuca. Caminó hasta la silla junto al ventanal y se sentó sin decir nada. No me miró de inmediato. Solo se quedó ahí, con la espalda inclinada hacia el frente y los codos apoyados en las rodillas.

Dos mundosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora