Harriet
La noche era una vitrina de excesos. Luces por todas partes, copas rebosantes de Moët y trajes que costaban más que mi departamento. Kendall caminaba unos pasos delante de mí, de la mano con Max —su Max, el piloto sensación de la temporada—, y no dejaba de voltear para asegurarse de que yo no huyera antes de tiempo.
—Relájate —me dijo mientras nos acercábamos a la entrada del salón principal—. Solo es una fiesta. De millonarios. Con cámaras. Y exes complicados. Nada grave.
Le lancé una mirada fulminante. Ella rió.
—Estás preciosa, Harriet. Ese vestido es una maldita obra de arte. Tu madre estaría orgullosa. Tu padre... bueno, tu padre querría encerrarte.
Ella tenía razón. El vestido blanco y negro se movía conmigo como una sombra elegante, marcando justo lo necesario y dejando el resto a la imaginación. El moño en el escote caía como un lazo sellando una caja prohibida.
Estaba ahí representando a la familia Adams, porque mis padres habían volado de emergencia a Nueva York por una reunión absurda con algún ministro. "Solo sonríe, di un par de frases inteligentes y no beses a nadie frente a una cámara", me había dicho mi padre antes de subir al jet. Clásico.
Cuando llegamos a la parte de la alfombra donde estaban haciendo pasar a todos por fotos, intenté seguir de largo. No había necesidad de posar sola. Yo no era una celebridad, solo la RP bien vestida de una familia poderosa.
Las luces me cegaban. Flashes estallaban desde todos los ángulos mientras los nombres de celebridades, empresarios y pilotos se coreaban por encima del bullicio. Kendall y Max ya habían cruzado la alfombra, riéndose de algo que no alcancé a escuchar. Yo, en cambio, trataba de mantenerme invisible.
Hasta que sentí la presencia.
No necesitaba girarme. Sabía que era él.
—¿De verdad piensas escaparte sin pasar por aquí? —su voz, segura, grave, sonaba justo detrás de mí. Como si supiera exactamente cuándo aparecer. Como si lo hubiera planeado.
Respiré hondo antes de voltearme. Y ahí estaba Jean.
Sin bastón. Sin muletas. Sin más apoyo que su propia arrogancia y ese maldito traje perfectamente ajustado. Negro impecable. El primer botón de la camisa desabrochado, como si las reglas nunca hubieran sido para él. Y esos ojos. Cansados, sí, pero vivos. Atentos. Fijos en mí.
—No me pagan por posar frente a cámaras —le dije, manteniendo el tono neutral, profesional.
Él sonrió.
—Pero sí por representar a la familia Adams. Y justo ahora, estás representando conmigo.
Antes de que pudiera decir algo más, su mano se deslizó a mi cintura.
No de forma sutil. No pidiendo permiso. Lo hizo como si siempre hubiera pertenecido ahí. Como si no hubiera pasado ni un solo segundo lejos de mí.
Su cuerpo se inclinó levemente hacia el mío y me guió un paso adelante. Fue automático. Natural. Irónico.
El murmullo de los fotógrafos se elevó como una marea.
—Mírame —dijo, muy bajo, solo para mí.
Y yo lo hice.
Su mano en mi cintura me quemaba a través del vestido. Cada centímetro entre nosotros se redujo a la nada cuando me acercó aún más. Pegué mi costado al suyo como si fuera parte del guion, como si no importara, como si no significara nada. Pero lo hacía. Oh, claro que lo hacía.
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Dos mundos
RomansaHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
