Harriet
Jean dejó su maleta junto a la mía, con la misma naturalidad con la que alguien cuelga su abrigo en casa. Se sentó en la cama sin decir nada por unos segundos, y cuando finalmente habló, lo hizo con ese tono que solía desarmarme incluso cuando no quería admitirlo.
—Te lo explicaré —dijo—, pero primero... tienes que abrir tu regalo de cumpleaños.
Sacó un paquete mal envuelto de su maleta. Lo miré divertida mientras me lo extendía, la cinta arrugada como si lo hubiera hecho en medio de un apuro. Acepté el regalo y, con una sonrisa, comencé a desenvolverlo. Dentro había un pequeño cuaderno de tapa dura, de cuero suave, con las orillas levemente gastadas. En la primera página, escrito a mano, leí:
Para que no olvides lo que es importante, incluso cuando el mundo se detiene.
Mi corazón se encogió un poco.
—Jean... —susurré, pero él me interrumpió alzando una mano.
Sin decir nada, extendió la mano hacia mí con una pequeña caja blanca. El cisne dorado impreso en la tapa delataba la marca antes de que dijera una sola palabra.
—Feliz cumpleaños, Harriet —murmuró, sin apartar la mirada.
No supe qué decir. Lo tomé con cuidado, como si el simple hecho de sostenerlo fuera suficiente para deshacerme. Al abrirla, mi respiración se detuvo un segundo. Dentro, descansaba un collar delicado, con una cadena fina en tono oro rosa. El colgante era un cisne, definido por una hilera precisa de cristales diminutos y un cristal central, en forma de lágrima, de un rosa suave y casi etéreo.
Era hermoso. Intencionalmente hermoso. No algo comprado al azar. No algo impersonal.
—Jean... —mi voz se quebró en el aire, antes de que pudiera envolverla con algún tono de gratitud o ligereza.
—Pensé que te gustaría —dijo él, un poco más serio de lo que esperaba—. Me recordó a ti.
Tragué saliva, sin saber bien por qué algo tan sencillo me hacía sentir tan expuesta. Como si me conociera más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Gracias —alcancé a decir al final, sintiendo el peso del pequeño cisne entre los dedos. Liviano. Y sin embargo, no.
Y justo cuando pensaba cerrar la caja, lo noté. Una pequeña letra grabada en la parte trasera del colgante, discreta pero presente. Una J.
Mi estómago dio un giro. No lo había visto antes. Y él no dijo nada. Claro que no.
Pero ahí estaba. Tan simple como definitiva.
Me quedé mirando el collar unos segundos más, como si no supiera qué hacer con algo tan delicado. Luego lo cerré con cuidado y lo mantuve entre las manos.
—Creo que lo guardaré hasta que termine todo esto —le dije con una pequeña sonrisa—. No quiero arriesgarme a perderlo por ahí entre tierra, mochilas y niños que me abrazan con las manos llenas de pintura.
—Buena idea —respondió él, relajando los hombros como si eso también le diera cierta tranquilidad.
Hubo un breve silencio, cómodo, y luego lo miré con una ceja alzada.
—¿Y bien? Dijiste que me explicarías por qué estás aquí... porque no es como que Bélgica esté a la vuelta de la esquina de África.
Jean sonrió, pero fue más una exhalación leve que una mueca completa. Se recostó un poco hacia atrás sobre sus palmas, mirando el techo por un segundo antes de volver a verme.
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Dos mundos
RomanceHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
