Harriet
El teléfono sonó una, dos, tres veces antes de que lo contestara. Estaba distraída, marcando correcciones en el diseño del cartel principal para el evento cuando vi el número desconocido.
—¿Harriet Adams? —dijo una voz de mujer, formal pero apresurada.
—Sí, ¿quién habla?
—Llamo del St. George's Hospital de Londres. Usted figura como contacto de emergencia para Jean Stone.
El corazón me dio un salto tan brusco que sentí náuseas. Dejé de respirar por un segundo.
—¿Qué...? ¿Qué ocurrió?
—Sufrió un accidente automovilístico hace unos cuarenta minutos. Fue ingresado con múltiples lesiones. Actualmente está en cirugía.
—¿Qué tipo de lesiones? —mi voz apenas me salía. Sentí cómo la sangre se me iba del rostro. Mi cuerpo se tensó tanto que el papel del cartel se arrugó bajo mis dedos.
—Trauma torácico, una pierna fracturada, golpes en la cabeza. Está estable, pero hubo pérdida de sangre. Le llamamos porque aún está inconsciente.
Me quedé inmóvil.
Theo levantó la vista desde la mesa y me miró con preocupación. Algo en mi expresión debió asustarlo, porque se levantó enseguida y me tomó del brazo.
—¿Qué pasó? —preguntó, pero su voz era un eco distante en mis oídos.
Jean.
El nombre retumbaba como un tambor en mi pecho.
El mismo hombre al que llevaba dos meses evitando. El mismo que alguna vez fue mi todo, y al que ahora solo podía mirar con frialdad. El mismo al que ignoré esta mañana, en el refugio, cuando se acercó y fingí que no lo había visto.
¿Y ahora...?
—Tengo que ir —susurré. Dejé caer el cartel sin pensar. Agarré mi bolso con manos temblorosas—. Está en cirugía.
—¿Quién? ¿Jean? —la incredulidad en la voz de Theo me atravesó como cuchillo—. Harriet, espera, ¿estás segura que quieres ir tú?
—Sí —dije, más fuerte. Más segura de lo que me sentía por dentro—. No importa todo lo que pasó... tengo que estar ahí.
Porque en el fondo, todavía me importaba. Porque aunque intenté odiarlo, olvidarlo, borrarlo de mi rutina, mi alma se negaba a soltarlo del todo.
Porque había amado a Jean Stone con todo lo que era.
Y en este momento, no sabía si tendría otra oportunidad de decírselo.
Theo no dijo mucho más. Lo suficiente para que supiera que estaba preocupado, pero también lo suficiente para no entorpecer lo que necesitaba hacer. Me abrió la puerta del auto con rapidez, subí casi sin pensar. Cloe saltó al asiento trasero y yo me quedé mirando el frente, apretando los puños sobre mis rodillas.
El camino hasta el hospital fue una mezcla de silencio y tormenta. Literalmente. Llovía. Las gotas rebotaban contra el parabrisas como metrónomos de ansiedad, y cada semáforo en rojo era una tortura. Theo me lanzaba miradas de reojo, pero no decía nada.
—¿Y si no despierta? —dije de repente, sin mirar a nadie, más que a los edificios que pasaban borrosos.
Theo no respondió de inmediato. Giró por la avenida y frenó con cuidado frente a la entrada de urgencias. Cuando volteé a mirarlo, vi en sus ojos algo que se parecía a la compasión.
ESTÁS LEYENDO
Dos mundos
RomanceHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
