Capítulo 50

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Harriet

Me desperté antes que él.

No pasaba seguido, pero cuando ocurría me gustaba quedarme un momento ahí, mirando el techo mientras escuchaba el ritmo suave de su respiración a mi lado. Su brazo aún estaba sobre mi cintura, su pecho cálido contra mi espalda. No necesitaba abrir los ojos para saber que seguía dormido. Su respiración cambiaba apenas se despertaba, y esta aún era lenta y profunda.

Me moví con cuidado para no despertarlo, y logré salir de la cama sin hacer ruido. El departamento estaba silencioso, como todos los domingos por la mañana. Caminé descalza por la cocinay encendí la cafetera

No sé en qué momento empezó a sentirse así... como si viviéramos juntos. Pero ahora era normal ver su ropa mezclada con la mía, su cepillo de dientes al lado del mío, y una taza suya ya reservada en el estante, justo al frente.

Éramos... algo más. Algo más que todo lo que habíamos sido antes.

Poco después lo escuché caminar descalzo hasta la cocina. Su cabello estaba hecho un desastre y sus ojos todavía medio cerrados. Se acercó como siempre, sin decir nada, y apoyó la frente contra mi hombro mientras yo revolvía el café con la cuchara.

—¿Dormiste bien? —pregunté.

Asintió, pero no dijo mucho más. Le pasé su taza de café. Se la llevó a los labios y me dio un beso en la mejilla.

—¿Todo bien? —le pregunté, observando cómo miraba el café como si estuviera en otro planeta.

—Sí... —respondió después de un segundo, sin sonar del todo convencido.

Me apoyé contra la barra y lo miré. No parecía molesto, ni cansado, pero había algo raro en sus ojos. Algo que no sabía si era duda o... nervios.

Antes de que pudiera preguntarle de nuevo, el timbre sonó.

Fruncí el ceño. No esperábamos a nadie.

—¿Quién...?

—No tengo idea —dijo Jean, dejando la taza a un lado.

Se dirigió hacia la puerta mientras yo me acercaba detrás de él, curiosa. Cuando la abrió, tuve que parpadear dos veces.

—¡Hola, cariño! —dijo la madre de Jean, con una sonrisa radiante y un ramo de flores en la mano—. No te asustes, prometo que no vine a secuestrarlos. Sólo quería verlos.

—¿Mamá? —Jean estaba completamente descolocado.

—Invité a la abuela también.

No sabía si reír o correr a peinarme.

Jean se quedó en silencio, y eso ya era extraño en él.

La señora Stone entró con esa elegancia despreocupada que tanto la caracterizaba, como si visitar a su hijo a las nueve de la mañana un domingo fuera lo más normal del mundo. Detrás de ella, Rose —la abuela— caminó con pasos firmes, bastón en mano, la bufanda de seda perfectamente anudada y esa mirada de quien siempre sabe más de lo que dice.

—Buenos días, queridos —saludó Rose con una sonrisa apenas contenida—. No se preocupen, no es una inspección sorpresa. Aunque —miró alrededor del departamento—, está más ordenado de lo que esperaba.

Jean cerró la puerta lentamente. Se le notaba el desconcierto en la cara.

—¿Les ofrecemos café? —pregunté, intentando sonar natural a pesar de estar con la camisa de Jean y el pelo recogido a las prisas.

—No, querida, gracias. —respondió su madre—. No vamos a quedarnos mucho. Solo queríamos pasar a hablar un momentito.

—¿Pasó algo? —preguntó Jean, cruzándose de brazos.

Dos mundosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora