Harriet
Siete semanas.
Siete semanas desde la última vez que lo vi en persona.
No es que haya pasado lento. Al contrario, todo ha sido un torbellino. Entre reuniones, llamadas, papeles que firmar y comités que convencer, el plan para el refugio comenzó a tomar forma. Finalmente. Cada día ha sido una batalla pequeña pero significativa, una carrera contra el tiempo, contra la burocracia, contra la apatía de algunos.
Jean, por su parte, ha estado recorriendo el mundo a toda velocidad, literalmente. Carreras en distintos países, entrevistas, podios, circuitos que veo a través de una pantalla o desde las notificaciones de su equipo. No he podido acompañarlo, aunque me hubiese gustado. A veces pienso que si cierro los ojos muy fuerte, puedo escucharlo narrarme cómo fue la curva más complicada o cómo se sintió cruzar la meta. Pero no necesito imaginar tanto: siempre encuentra un momento para llamarme, para escribirme, para hacerme sentir que, aunque estemos en mundos tan distintos, aún estamos conectados.
Nos escribimos a deshoras.
A veces un simple "¿ya dormiste?", otras veces un audio lleno de risas, o uno mío contándole cómo un funcionario del ayuntamiento me hizo perder la paciencia.
Hay algo bonito en esa rutina no rutina. En el hecho de que, incluso con vidas tan distintas, él sigue ahí. Y yo también.
Pero esta semana es diferente.
Esta semana hay carrera en casa.
Y él también vuelve.
—¿Estás segura que no quieres contarme nada más? —preguntó Kendall, con una ceja arqueada mientras dejaba su taza de café sobre la encimera de la cocina—. Porque últimamente sonríes con los mensajes como si fueras protagonista de una comedia romántica.
—Estoy ocupada —respondí sin levantar la mirada de la carpeta frente a mí, donde tenía las últimas anotaciones del refugio. Aunque sabía perfectamente que mi excusa no iba a funcionar con ella.
—¿Ocupada con alguien cuyo nombre empieza con "J"? —dijo, demasiado casual, y entonces sí, levanté la mirada.
—No es lo que piensas —contesté, intentando sonar convincente. Fallé.
Kendall me estudió en silencio durante unos segundos. Su forma de mirar era como una radiografía emocional. Lo sabía todo sin necesidad de que yo dijera una palabra.
—No quiero ponerle nombre. Ni forma. Ni expectativas —confesé, finalmente. Me apoyé contra la isla de mármol, dejando caer los hombros. — Estoy bien con cómo están las cosas ahora. En serio.
—¿Y cómo están las cosas? —su tono fue más suave esta vez, menos inquisitivo y más protector. Como si entendiera que estaba pisando un terreno delicado.
Suspiré.
—Nos escribimos, nos hablamos... nos acompañamos. A la distancia. Él está haciendo lo suyo, yo también. Pero no quiero hablar de "nosotros" todavía. No estoy lista para tener que explicarlo, ni justificarlo. Me gusta esto así. Solo nosotros sabiendo.
—Eso suena más serio de lo que quieres admitir —murmuró Kendall, pero no insistió. En lugar de eso, me ofreció una sonrisa cómplice—. No diré nada. Pero si un día necesitas a alguien que te abrace sin hacer preguntas, ya sabes dónde encontrarme.
Le sonreí, agradecida.
—¿Estás lista para Silverstone? —cambió de tema, como solo las verdaderas amigas saben hacer.
—Lo estoy —dije con un brillo en los ojos que no pude esconder del todo—. Aunque él no sabe que voy a estar ahí y por fin permití que se me escapara una sonrisa, una de esas que se guardan solo para lo que es tuyo en silencio.
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Dos mundos
RomanceHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
