Un nuevo lugar

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Harriet

Era un día nuevo, brillante (aunque Londres seguía siendo fiel a su cielo nublado), y por primera vez en mucho tiempo, me sentía como si estuviera al borde de algo completamente distinto. Había desayunado a toda prisa, con una lista de departamentos doblada en el bolsillo de mi abrigo, Kendall esperándome afuera y una extraña emoción vibrando en el estómago. No nervios. Más bien... libertad.

—¿Lista para ser una adulta funcional? —preguntó Kendall desde el auto, bajando la ventana con una sonrisa traviesa.

—Depende. ¿Eso implica firmar cosas con nombres que no entiendo y fingir que sé lo que es un aval?

—Exactamente eso. Y también fingir que puedes sobrevivir sin ayuda de tus papás.

Reí mientras me subía. El auto olía a café y chicle de menta, como siempre. Teníamos varias visitas programadas, una mezcla de lo que yo había encontrado en línea, lo que Kendall había descubierto con su olfato de sabueso urbano... y los que mi padre, por supuesto, había encargado buscar a Cameron, su asistente.

—Dime que Cameron no nos va a estar esperando en cada uno con cara de "aquí estará segura mi hija".

—Te prometo que solo va al tercero —dije, aunque no estaba tan segura. Había recibido su mensaje de "Estoy revisando personalmente cada zona. Su seguridad es prioridad".

La primera parada fue un piso pequeño pero acogedor cerca de Notting Hill. Tenía ventanales enormes, una cocina diminuta y un papel tapiz que parecía sacado de una película de los 70.

—Te veo aquí quemando arroz y tomando vino barato mientras lloras con una peli francesa que no entiendes —dijo Kendall, girando sobre sus talones mientras inspeccionaba.

—Honestamente, suena como una fantasía.

El segundo era demasiado moderno, todo blanco, superficies brillantes, sin una pizca de alma. Salimos de ahí riendo después de que Kendall dijera en voz alta: "Esto parece la sala de espera de un dentista millonario".

Pero fue el tercero —el de la lista de Cameron— el que nos sorprendió, estaba en Belgravia. Todo en esa área respiraba un lujo discreto, como si el dinero nunca tuviera que hacer ruido. Calles tranquilas, árboles bien cuidados, fachadas de ladrillo que parecían sacadas de una postal. El vecindario tenía esa mezcla perfecta de ser elegante sin ser ostentoso, y estaba lo suficientemente cerca de la casa de mis padres y de Kendall como para que no me sintiera completamente alejada, pero lo suficientemente independiente como para que no me sintiera atrapada.

Era un piso más amplio de lo que esperaba, en una zona tranquila, con un parque a pocas cuadras. El edificio tenía portero, cámaras de seguridad, y vecinos que saludaban amablemente. Un señor mayor con un bulldog inglés incluso nos abrió la puerta.

—¿Buscan departamento? —preguntó con acento marcadamente londinense—. El 4B está vacío desde hace meses. Buen lugar. Las paredes son gruesas. Uno puede cantar a todo pulmón y nadie se queja.

—¿Este es el lugar? —preguntó Kendall, observando el salón, que tenía un aire de sofisticación elegante. Los muebles eran minimalistas pero perfectamente escogidos. Nada de ostentaciones, solo lo mejor, lo que era esencial.

—Sí —respondí, casi sin pensarlo. Era como si el espacio me hubiera aceptado. Las paredes eran blancas, pero con detalles en madera oscura que le daban ese toque británico clásico. Había una chimenea en una esquina y una pequeña cocina que se conectaba con el comedor. La terraza tenía plantas perfectamente alineadas, y las vistas a los jardines privados me dejaron sin palabras.

—Es el lugar de tus sueños, ¿no? —comentó Kendall con una sonrisa de satisfacción.

Asentí sin hablar. Sabía que este lugar era la mezcla perfecta de lo que buscaba. Había una sensación de serenidad. Algo que me permitiría seguir con mi vida, sin perder lo que me había hecho sentir tan cómoda en mi zona de confort, pero con la independencia que me hacía falta. Además, estaba cerca de la estación de metro, a solo unos minutos de donde Kendall vivía, y a no más de diez minutos de mis padres. En términos prácticos, el lugar era perfecto. En términos emocionales, algo más grande estaba en juego.

Dos mundosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora