Capítulo 20

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Jean

Me levante con la cabeza un poco más relajada de lo que estaba anoche, Thomas tiene razón, hoy es la carrera y tengo que estar al 100%.

Todavía tenía tiempo para concentrarme, tengo que estar allá a la 1:30pm y apenas son las 9.

Pedí algo ligero para desayunar, no porque tuviera hambre, sino porque el estómago se sentía revuelto desde la clasificación.

Me recosté en uno de los sillones del penthouse, aún en camiseta blanca y pantalones de algodón. El ruido del timbre me hizo levantar una ceja. No esperaba a nadie.

Caminé hacia la puerta sin prisa, con los pies descalzos contra el mármol pulido. La abrí.

Y ahí estaba.

Harriet.

Con el ceño fruncido y una mirada que mezclaba enojo con algo más... algo parecido a preocupación.

– ¿Qué haces aquí? –pregunté, realmente sorprendido. No esperaba verla en mi puerta, especialmente no después de lo que había pasado en la pista.

– ¿Qué te pasa, Jean? –dijo, entrando sin pedir permiso, como si tuviera toda la autoridad del mundo para invadir mi espacio. Lo peor era que, de alguna manera, me sentí atrapado. – Ayer no fuiste tú. ¿Por qué no te concentraste? ¿Por qué no pudiste dejar de pensar en.... lo que sea que te estaba pasando?

La vi acercarse con paso firme, como si realmente estuviera buscando respuestas, y su intensidad me dejó sin palabras. Su voz no tenía el tono de reproche, pero sí de preocupación, y eso lo hacía aún más difícil de manejar.

– ¿Qué estás haciendo aquí, Harriet? –musité, aunque ni yo mismo creía en mi propia pregunta. Ella no iba a dejarme escapar.

Ella me miró fijamente, y por un momento, me hizo sentir como si me estuviera viendo por completo. No como piloto, ni como el chico que todos esperaban que fuera, sino como yo. La versión que apenas comenzaba a descubrir.

– Thomas me dijo que no te quedabas en el hotel –su voz era un poco más suave, pero no menos decidida. – Fui a buscarte, y ni rastro de ti. Estás actuando diferente, y no sé por qué, pero no puedes esconderlo.

Mis hombros se tensaron, y sentí como el aire se volvía más pesado entre nosotros. No sabía cómo manejarlo, cómo responder a esa mezcla de preocupación que veía en sus ojos. Algo dentro de mí quería empujarla hacia atrás, alejarla, pero otra parte... otra parte quería gritarle que se quedara, que no se fuera, que siguiera presionando, que viera lo que realmente estaba pasando dentro de mí.

– No me puedes preguntar eso –dije, tratando de mantener la calma, pero mi voz sonaba rasposa, casi quebrada. Mi respiración aumentaba de a poco, y ella estaba tan cerca... tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.

– ¿Por qué no? –respondió, acercándose aún más. Su tono era desafiante, pero su mirada... su mirada me desarmaba. – No eres esa persona, Jean. Y sé que algo está pasando, aunque no quieras admitirlo.

Y ahí, en ese momento, mi cuerpo no reaccionó a mis palabras, sino a lo que sentía. La necesidad de confesarlo, de gritarle lo que estaba pasando en mi cabeza, pero más aún, el deseo de sentirla cerca de mí, de saber qué pasaba entre nosotros. Sin darme cuenta, me acerqué a ella, tomando su rostro con mis manos de forma casi desesperada.

No me resistí más. Mis labios encontraron los suyos con una urgencia que nunca había sentido. No fue suave, ni tierno. Fue un beso lleno de desesperación, de confusión, de todo lo que no había podido decir, todo lo que no había podido mostrar en la pista, en la vida, en el mundo. Solo nos necesitábamos en ese momento.

Dos mundosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora