Capítulo 28

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Harriet

El miércoles por la mañana llegó más rápido de lo que me hubiera gustado. Bélgica estaba cubierta por una niebla suave, de esas que hacen parecer que el mundo se mueve más lento, como si el cielo supiera que hay despedidas que no deberían apresurarse.

El auto se detuvo en el estacionamiento del aeropuerto. No podía llevarme más lejos. Jean apagó el motor, pero no se movió de inmediato. Solo se quedó mirando al frente, con las manos aún en el volante, como si pensara que si no decía nada, tal vez yo no tendría que irme.

Yo ya tenía el cinturón desabrochado, pero no abrí la puerta.

—Podrías no subirte al avión —dijo sin mirarme, como quien lanza una moneda al aire sabiendo que no caerá de su lado.

—Y tú podrías pedirme que no lo haga —respondí, suave, como si el ruido pudiera rompernos.

Finalmente, él giró hacia mí. Tenía los ojos cansados, el cabello todavía un poco desordenado de haberse pasado la mano por él mil veces. Lo conocía lo suficiente para saber que se estaba obligando a no decirlo. A no frenarme.

—No quiero que te vayas —dijo al fin, directo, sin adornos.

—Lo sé.

—Pero no puedo pedirte que te quedes —agregó, con esa seriedad que solo usaba cuando las cosas de verdad le importaban.

Asentí. Ya no podía hablar.

Me incliné primero, envolviéndolo en un abrazo que sabía a promesa. Él me apretó fuerte, con una de sus manos en mi nuca, la otra en mi espalda, como si pudiera memorizar cada centímetro de mí en esos segundos. Cuando nos separamos, vi cómo bajó la mirada por un momento, como si doliera más ahora que estábamos a unos pasos de dejar de vernos.

—Es solo por tres semanas —susurré.

—Pero es tu cumpleaños —replicó él.

—Y voy a pasarlo haciendo algo que me recuerda por qué empecé todo esto.

Me observó como si quisiera detenerme de nuevo. Pero solo se acercó una vez más y me besó. Lento. Como si cada segundo pudiera estirarse. Como si lo que no decíamos también pudiera quedar en nuestros labios.

Cuando me bajé del auto, el viento frío me golpeó en el rostro. El aire olía a metal y despedidas. Jean no se bajó. Sabía que no podía. Si entraba, sería el caos. Se limitaría a mirar desde el asiento del conductor.

Caminé hasta las puertas de cristal. Antes de cruzarlas, volteé una última vez.

Él seguía allí. Ventana baja, mirada fija en mí.

Le sonreí. Y él levantó dos dedos en un pequeño gesto que sólo nosotros dos entenderíamos.

Y luego entré.

Las puertas se cerraron detrás de mí con un suave susurro mecánico.

Y con ellas, se cerró también esa pequeña burbuja que habíamos tenido por unos días.
Ahora, el mundo real esperaba.

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El calor fue lo primero que me recibió al salir del avión.

Ese tipo de calor seco y persistente que se cuela por la ropa y te recuerda que estás en un lugar donde todo es distinto. El cielo era de un azul vibrante, sin una nube a la vista. La pista del aeropuerto se extendía hasta el horizonte y, más allá, solo tierra y sol. Clara caminaba a mi lado, su paso decidido como siempre, aunque llevaba horas de vuelo encima. Ella ya había estado aquí antes. Para mí, en cambio, era la primera vez en este lugar exacto.

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