Harriet
Había pasado una semana y media desde que llegamos.
Y ya no me sentía una extraña.
Me desperté con el canto de los pájaros y la luz filtrándose por las rendijas de la lona. Afuera, el murmullo de las mujeres preparando la comida, los pasos pequeños de los niños descalzos, y el sonido metálico del balde golpeando contra el pozo me resultaban familiares. Casi reconfortantes.
Tenía los pies cubiertos de tierra seca, las manos agrietadas por el sol, y un cuaderno lleno de dibujos hechos con crayones por los niños del refugio. Uno tenía mi nombre, o lo que parecía ser, escrito con letras enormes y chuecas. Otro me había dibujado con el pelo naranja. No me atreví a corregirlo.
Desde hace unos días, me asignaron oficialmente al área de educación y recreación con los más pequeños. No era fácil. No hablábamos el mismo idioma. Pero aprendí a entender sus gestos, sus silencios, sus risas. Me señalaban cosas, yo las nombraba. Repetían. Yo también. A veces nos reíamos sin saber por qué.
Clara decía que los niños me seguían como patitos.
Y yo me dejaba seguir.
Hablar con Jean se volvió complicado. La señal era intermitente. A veces tardaba días en llegar un solo mensaje suyo, y otras tantas en que el mío le llegara de vuelta. Las llamadas eran imposibles. Mis padres también escribían de vez en cuando, y aunque los leía con cariño, sentía que vivía en otro planeta.
Uno donde no había ruido más allá del viento.
Ni prisa.
Ni necesidad de fingir nada.
No sabía qué pasaba en el mundo exterior. No sabía si Jean había ido a su casa o si seguía en Mónaco. No sabía si me extrañaba o si estaba molesto por la poca comunicación. Y aunque dolía no saberlo, estaba demasiado concentrada en no fallar aquí.
Era el único lugar donde mi corazón no latía a medias.
—Harriet —me llamó una de las niñas, jalándome la mano—. Ven, ven.
La seguí. Había una pila de hojas secas, una cuerda colgada entre dos palos, y una idea en construcción. Me senté con ellas, y juntas comenzamos a crear una especie de escenario. No sabíamos qué historia íbamos a contar. Pero sí sabíamos que sería nuestra.
Y en ese momento, eso era todo lo que necesitábamos.
La tarde llegó con el cielo cargado de nubes y un viento más fresco de lo habitual. El polvo del camino se levantaba con cada paso, y los niños corrían de un lado a otro, como si intuyeran que la lluvia no tardaría. Yo ayudaba a recoger las cosas improvisadas del "escenario", aún riendo con uno de los más pequeños cuando tropecé con la cuerda que habíamos usado como telón.
—Estás distraída, Harriet —dijo Clara, sonriendo desde la sombra de una carpa—. ¿Todo bien?
Asentí con la cabeza mientras me sacudía la tierra de las rodillas.
—Sí. Solo estoy... llena —respondí, sin saber cómo explicarlo mejor.
Llena. No de preocupaciones, ni de nostalgia. Llena de lo que estaba viviendo. Del esfuerzo que implicaba estar aquí y de la paz que, de alguna forma, también traía. De los ojos curiosos que me miraban cada día. De las historias en trozos que me contaban sin palabras. Del calor, del ruido, del silencio que llegaba al final del día cuando el campamento se quedaba quieto.
Esa noche, me quedé un rato más afuera, con una linterna apoyada sobre las piernas y el cuaderno de notas en la mano. Dibujé algo. Una silueta. Tres niños en fila. Una palabra escrita con letra torcida: "asante". Gracias.
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Dos mundos
RomansaHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
