Jean
Había imaginado ese momento más veces de las que me gustaría admitir.
Pensé que cuando volviera a verla todo sería diferente. Pensé que, tal vez, incluso con su enojo, habría algo en sus ojos que me dijera que aún estábamos ahí, en ese lugar donde nuestras miradas hablaban por nosotros. Pero no. Lo que vi fue hielo. Frialdad meticulosamente construida, como si nunca me hubiera dejado tocarla de verdad.
Y lo peor fue que ni siquiera tenía derecho a quejarme. Porque fui yo quien la dejó sola en Japón. Fui yo quien se encerró en esa maldita burbuja por miedo, por orgullo, por estupidez. Y ahora... ahora la veía de pie frente a mí, más fuerte, más hermosa y más lejana que nunca.
Pero no estaba sola.
Theo.
Ese nombre lo escuché una sola vez en Mónaco, el que entonces parecía inofensivo, solo uno más. Pero hoy lo vi abrazarla. Vi cómo la miraba. Vi cómo sostenía a esa perrita como si fueran una maldita familia.
Y luego, como si no fuera suficiente, lo dijo:
—Ella es Cloe. Se la regalé a Harriet hace unas semanas.
No pude ni fingir neutralidad. Me ardía todo. Porque solo hay una razón por la que alguien le regala un perro a una mujer como Harriet: porque quiere quedarse en su vida.
Porque ya está en su vida.
Y ahí estaba yo. Parado como un imbécil. Apretando la mandíbula. Conteniendo todo lo que quería gritarle.
Pero no lo hice. No frente a él.
Harriet ni siquiera me miró. O si lo hizo, fue con esa frialdad que reservaba para los desconocidos.
¿En qué momento me volví un extraño para ella?
Estaba parado en la galería donde se celebraría un evento que, en teoría, también llevaba mi nombre. Aunque, si me guiaba por la manera en la que me ignoraba, ya no tenía lugar en nada de lo que ella construía.
—Así que vienes a supervisar tu nombre —me había dicho ella, con la voz justa, sin emociones. Tan distinta a la mujer que una vez me gritó entre lágrimas que la viera, que no me atreviera a rendirme.
Theo todavía tenía a Cloe en brazos cuando Harriet se excusó para revisar algo con el equipo. No me miró. Ni una sola vez. Como si con estar ahí ya me estuviera haciendo un favor.
Theo no perdió oportunidad.
—La has hecho enojar —dijo con una media sonrisa, acariciando al cachorro—. Aunque, bueno, no puedo culparla. Estuvo mal lo que pasó.
Le lancé una mirada dura, contenida. Ese tipo sabía lo que hacía. Y lo peor es que estaba ganando. Él estaba dentro. Yo ya no.
—¿Le regalaste un perro? —pregunté, más por joder que por curiosidad.
—Se lo prometí el día que fuimos a ver el refugio juntos —dijo. Y con ese juntos me remató.
Me tragué todo lo que quería decirle. Porque explotar sería regalarle la victoria. Y si algo me dolía más que perder a Harriet, era saber que alguien más la estaba sosteniendo ahora.
Esa noche, Londres me pareció más gris de lo habitual.
Volví a casa solo, sin pasar por el hotel. No podía dormir. Tenía los mensajes que le mandé aún sin abrir. Tenía las fotos del evento guardadas en el correo, como si eso bastara para sentir que seguía siendo parte de algo. No respondí a la prensa. No supe qué decirle a mi equipo.
La abuela estaba viendo televisión en la sala, con Cami —la enfermera— ayudándola a ponerse cómoda.
—¿Otra vez sin dormir? —preguntó ella sin mirarme.
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Dos mundos
Storie d'amoreHarriet y Jean vienen de mundos opuestos. Ella quiere cambiar el mundo, él solo quiere ganar. Obligados a trabajar juntos en medio del caos de la Fórmula 1, lo que empieza como tensión se convierte en algo mucho más complicado... y tal vez imposible...
