capítulo 44

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Harriet

Mañana es Año Nuevo. Otra vuelta al sol, otra oportunidad para reescribir la historia, para hacer listas que quizás no cumpla, para poner en pausa los errores y fingir, por una noche, que todo está bien.
Y tal vez sí lo está. O casi.

Han pasado meses desde el accidente. Jean volvió a Mónaco a finales de octubre, pero no por mucho tiempo. Fue solo por algunas entrevistas, apariciones pactadas con patrocinadores, compromisos que no podía evitar. Su vida sigue orbitando alrededor de la Fórmula 1, pero el centro se le movió un poco. No ha vuelto a correr. Aún no.

Entrena, claro que sí. Cada mañana con una disciplina envidiable, cada músculo tensado en el intento de recuperar el cuerpo que lo traicionó ese día de lluvia. Pero todavía no hay luz verde de su médico. Y mientras la nueva temporada se avecina, él espera.
Todos esperan.

En cuanto a nosotros...
Seguimos en eso.
Amistad. O lo más cercano a ella.
Hay mensajes. Hay audios por las noches. Hay bromas que solo nosotros entendemos. Y hay también silencios. Algunos incómodos. Algunos seguros. La tensión entre los dos no se ha ido. Solo ha aprendido a vestirse mejor.
A veces con indiferencia. A veces con risa. A veces con cuidado.

Y aunque no lo digo en voz alta, todavía hay noches en las que releo las cartas.
La caja sigue en mi habitación.
Intacta. Pero no olvidada.

Mañana es la fiesta de Año Nuevo.
Y me dijeron que Jean vendrá.

No sé por qué mi corazón decidió saltarse un latido cuando lo escuché.

El timbre sonó mientras aún tenía la taza de café a medio tomar. No esperaba a nadie, así que asumí que sería algún paquete olvidado de Navidad, pero no.
Era Kendall.

—Buenos días, dormilona —saludó con una sonrisa mientras se colaba por la puerta—. ¿Tienes planes hoy?

—Buenos días a ti también. Y no, no tengo planes. Iba a terminar de organizar unas cosas para el evento de enero.

—Perfecto, entonces sí tienes planes. Conmigo —dijo, agitando las llaves del coche como si fueran una varita mágica—. Vamos de compras.

—¿Compras?

—Fiesta de Año Nuevo, ¿recuerdas? Necesitamos un vestido que grite "terminé el año más caótico de mi vida, pero aún así sigo de pie y fabulosa". Y tú, querida, necesitas uno que grite "superé a un piloto de Fórmula 1, pero él aún me manda audios para dormir".

Rodé los ojos, aunque una sonrisa traicionera se asomó.

—No creo que un vestido pueda hacer todo eso.

—Por eso iremos a tres tiendas si es necesario. Vamos, Harriet. Te va a hacer bien salir de este departamento y de tus pensamientos. Además... me muero por saber qué piensas hacer con Jean mañana.

Me quedé en silencio un momento. El nombre sonaba como un eco incómodo en la habitación, aunque últimamente me visitaba más que mi propio reflejo.

—No voy a hacer nada —murmuré, agarrando el abrigo—. No hay nada que hacer.

—Pero hay algo que sentir —dijo Kendall sin mirarme, con ese tono suave que reservaba solo para cuando realmente le importaba.

Y sí. Había algo que sentir. Mucho, de hecho.

Pero por hoy, solo quería probarme vestidos.

No tardamos mucho en llegar al centro. Las luces de Navidad seguían encendidas, aunque opacadas por el cielo encapotado de Londres. Kendall se detuvo frente a una boutique que definitivamente parecía más cara de lo que estaba dispuesta a gastar, pero antes de protestar, ya me había tomado del brazo.

Dos mundosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora