Capítulo 37

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Harriet

Habían pasado dos meses desde la última vez que hablamos, y la verdad, era como si todo el mundo, incluyéndome a mí, se hubiera olvidado de lo que sucedió. Al menos eso es lo que trataba de decirme cada vez que sentía una punzada en el pecho al pensar en Jean. Ya no tenía ganas de seguir pendiente de las redes sociales ni de lo que se decía a su alrededor. Mi cabeza y mi corazón estaban ocupados con algo mucho más grande: el evento del refugio.

Hoy, estaba en la galería donde seria el evento. El espacio estaba casi vacío, a excepción de unas cuantas sillas apiladas y algunas cajas con los materiales que necesitábamos para la exposición. Los diseñadores estaban trabajando en las instalaciones, pero lo que más me ocupaba era asegurarme de que todo estuviera perfecto para el día de la inauguración. Estaba tan concentrada que no escuché a Theo acercarse hasta que lo sentí a mi lado.

—Parece que todo va a quedar increíble —dijo Theo, con esa sonrisa relajada que siempre llevaba puesta.

Lo miré y asentí, mirando alrededor, aún con los ojos algo nublados por la ansiedad que nunca me abandonaba cuando pensaba en cómo iba a salir todo. Theo había sido un pilar desde que nos conocimos. A pesar de ser un hombre de pocos discursos, siempre estaba ahí cuando más lo necesitaba, especialmente cuando las cosas se complicaban.

De pronto, noté que me abrazó. Su gesto fue inesperado, pero no pude evitar aferrarme a él por un segundo, como si me fuera a caer al suelo si no lo hacía.

—Lo lograrás, Harriet. Lo sabes, ¿verdad? —dijo suavemente en mi oído, dándome una leve presión en el hombro, como asegurándose de que no me cayera en medio de toda la tensión.

Me separé un poco y lo miré a los ojos, reconociendo el apoyo incondicional que siempre me había ofrecido. Sonreí, aunque algo tensa, y suspiré.

—Gracias, Theo. No sé qué haría sin ti en todo esto. — Lo conocí en Mónaco, El día que fuimos al yate,luego sorprendentemente, a través de Clara. Él trabaja con una de las fundaciones asociadas a UNICEF, y desde entonces nos hemos estado cruzando por aquí y allá. Me ha ayudado mucho con la organización del evento. Se ha vuelto un amigo bastante cercano, más de lo que imaginaba.

Theo me observó con atención, como si pudiera leer entre líneas.

—Es bueno tener a alguien así cerca —dijo, y aunque su tono fue relajado, pude ver que algo en su mirada no era tan tranquilo como lo dejaba ver.

De repente, el ambiente cambió. La puerta de la galería se abrió con un leve crujido, y en un segundo, pude ver a la figura de Jean entrando, saludando al equipo de organización con su habitual confianza. Él ni siquiera me miró, se dirigió directamente hacia Theo, dándole una palmada en la espalda.

Theo, sin notar mi incomodidad, avanzó para darle un saludo y ofrecerle un apretón de manos. Yo, por otro lado, solo pude quedarme ahí, observando, mi cuerpo tenso, la respiración ligeramente entrecortada.

Jean estaba aquí, después de todo lo que había pasado. Lo vi saludar con naturalidad, pero a mí no me dirigió la mirada, ni siquiera por un segundo.

Theo, sin darse cuenta de lo que ocurría en mi interior, me hizo un gesto para que me uniera a la conversación. Pero antes de que pudiera moverme, un murmullo comenzó a invadir el aire: ¿qué hacía él aquí?

Mi corazón empezó a latir más rápido, el peso del silencio entre los tres era denso, incómodo. Al final, me forcé a mantener la calma. Respiré profundamente, y decidí dar el paso.

—Jean —dije finalmente, manteniendo el tono de voz profesional, como si nada estuviera pasando por dentro.

Jean dio un paso al frente, su presencia dominante llenó la habitación, y su mirada, fija en mí, parecía estar tan cargada de preguntas como de reproches. Todo en mí quiso retroceder, pero no lo hice. ¿Por qué debería? Me había dejado ignorada durante semanas, sin siquiera dar la cara para explicarse, y ahora aquí estaba, parado frente a mí, como si nada hubiera pasado.

Dos mundosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora