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Era un día tranquilo en la sala de control.
La taza humeaba, el vapor subía en espirales, cubriendo el ambiente con calidez y el suave olor de café recién hecho. El color era, en pocas palabras, perfecto.
—¿Qué cantidad de humedad se pronostica para el día, cabo Kafka? —pregunto el teniente, dándole un cuidadoso sorbo a la taza en sus manos. El chiquillo salto en su asiento, sorprendido de la pregunta. El comandante espero, con paciencia, mirando a través de los amplios cristales que daban una vista panorámica del lado suroeste de Kaltain.
Era una vista magnifica, en especial en los días con bajos niveles de humedad, cuando la neblina dejaba pasar al menos un poco de luz, lo suficiente como para admirar los acantilados hacia el oeste, o los hermosos alrededores del puerto principal que descendían hacia el mar abierto a la distancia. Ni siquiera las defensas perimetrales automatizadas se notaban desde esa altura, lo cual era, la mayor parte de las veces, fantástico.
Hermoso, sin duda. Incluso si no le pagaban lo suficiente para soportar la lentitud de pasantes nuevos como Rafka, podía soportarlo solo por pasar las mañanas observando el sol nacer.
—¿Vas a responder hoy, jovencito? —pregunto, de nuevo, dando un nuevo sorbo a su taza. Dio una rápida mirada para notar como una de las princesitas que operaban el tráfico marítimo le susurraba algo rápidamente al chico. El director de control y los ingenieros los ignoraron. Bufo con fuerza —Llevas aquí casi una semana, ¿Qué aun no sabes conseguir información tan básica, chico? Tendré una conversación seria con el Mayor Williams.
El chico se alzó en su asiento en una especie de desastre de miembros mal puestos y frente sudorosa, los lentes casi caídos y un aspecto tembloroso digno de un patético cabo nuevo. No sabía cuándo sería el día que le trajeran algún soldado de asistencia que valiera la pena, pero sabía que en el último mes nadie parecía estar a la altura del trabajo en Kaltain. El mayor Williams era un fantástico motor de amenazas, pero solo de eso, considerando que era un inútil la mayor parte del tiempo. La importancia que le daba a los oficiales de alto entrenamiento que aseguraban la isla era tanta como el poco cuidado que tenia a la hora de conseguir buenos analistas para las áreas administrativas.
¿Cómo era posible dar tanto nivel de seguridad a un lugar, mientras que, al mismo tiempo, le daban una pésima supervisión? La contradicción hecha persona. Si alguno de los de arriba se enteraba, estaba seguro que las cabezas rodarían. Al menos tenía que asegurarse que hubiese suficientes incompetencias para dejarlo claro.
—Pareces un trapo mojado, muchacho. —se rio, dando otro sorbo a su café. Le hizo una señal a una las princesitas. Tan lindas como podían ser. Una de ellas suspiro y dio un par de toques a varios botones en el panel de control, ubicado justo debajo de los enormes ventanales. Una amplia pantalla se encendió. Ella señalo con su delicado dedo justo donde se señalaba los niveles de humedad estimados del día. El teniente le sonrió con agradecimiento. Rafka se disculpó entre murmullos incoherentes. —Siempre tan responsable, Kari.