La Guardaespaldas. - Kara G!P

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Narrador Omnisciente:

La explosión ocurrió tan rápido que ni siquiera los sensores del laboratorio alcanzaron a registrar el impacto a tiempo. Fue un estallido seco, brutal, como si una mano gigantesca hubiese comprimido todo el piso para luego liberarlo de golpe. Uno de los ventanales del quinto piso estalló hacia afuera, esparciendo fragmentos de vidrio como cuchillas transparentes que reflejaron la luz blanca de las lámparas de laboratorio. Los paneles de seguridad vibraron con tal violencia que parecían a punto de desprenderse de las paredes.

El estruendo avanzó por los pasillos de L-Corp con la velocidad y la ira de un rayo metálico. No fue un ruido común; fue un rugido de metal desgarrado, una queja profunda y grave que reverberó a través de los cimientos, como el sonido que haría un monstruo si pudiera morder un edificio.

Lena Luthor no lo vio venir.

Lo sintió.

Primero fue una presión brutal en el pecho, un golpe de calor, seguido del olor a concreto fracturado. Su oído zumbó. Su respiración se cortó durante un segundo. El mundo se inclinó apenas lo suficiente como para descolocarla.

Durante un parpadeo, Lena pensó que era un accidente. Un cortocircuito. Un fallo rutinario en los circuitos de contención energética. Había visto cientos. Mil veces había soportado desperfectos, incendios menores, fugas térmicas.

Pero no esto.

El humo negro comenzó a colarse por la parte superior del marco de las puertas. La alarma de evacuación chilló con una frecuencia tan alta que perforaba los sentidos. Y luego llegó una segunda explosión; más lejana, pero igual de clara, en el ala norte del edificio.

Ahí lo entendió.

No era un accidente.

Era un atentado.

Y no contra L-Corp.

Contra ella.

Otra vez.

—¡Doctora Luthor! —Gritó su asistente, el rostro cubierto de polvo y con los ojos inyectados en terror.— ¡Tenemos que salir!

Lena pestañeó varias veces, obligando a sus pupilas a adaptarse al humo. El olor a plástico quemado raspaba su garganta; el calor le secaba la piel de las mejillas. Se cubrió parte del rostro con un brazo y su cerebro reaccionó antes que su propio miedo; supervivencia, procedimiento, control. Se movió entre pedazos de vidrio, metal doblado y chispazos de paneles eléctricos.

—¿Hay heridos? —Preguntó, aún sabiendo que nadie tendría una respuesta clara.

El pasillo se estaba llenando con una nube oscura que avanzaba como un depredador hambriento. Las luces parpadeaban dejando breves destellos de figuras en movimiento. Lena sintió que la tierra vibraba bajo sus pies, primero suave, luego con una intensidad que hacía difícil mantener el equilibrio.

Conocía de emergencias. Conocía de caos. Pero esta vez el descontrol tenía un rostro; el de quienes llevaban semanas advirtiéndole, de forma muy poco sutil, que su nueva investigación no les convenía.

Cruzó la primera puerta de seguridad justo cuando un tercer estallido sacudió la estructura desde afuera, como un golpe monumental directamente en la fachada.

Nada de esto era improvisado.

Alguien la quería muerta. Y lo quería ya.

—¡Doctora! —Su asistente tiró de su brazo.— Los ascensores colapsaron. Bajaremos por las escaleras.

Lena asintió con la mandíbula dura, tragándose un temblor que amenazaba con subirle por los brazos. Bajó las escaleras de dos en dos, sosteniéndose de la baranda que vibraba como si el edificio entero estuviera jadeando. Los gritos de otros empleados resonaban, mezclándose con el alarido ensordecedor de la alarma.

One Shot SupercorpHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora