Cap9: Roce

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Melina no sabía el motivo ni la razón, pero al ver esa sombra al lado suyo tomando su mano, el primer nombre que vino a su mente fue ese, Ian, aunque no podía recordar a quien pertenecía. Cuando sus ojos pudieron enfocar mucho mejor, Melina comprobó que el joven que estaba a su lado era bastante apuesto, aunque su aspecto exterior no congeniaba con el interior.

Se notaba a legua y media que ella no era de su agrado, una clara prueba era la mueca de repulsión que hizo cuando sus ojos se cruzaron. Era como si delante suyo tuviera la cosa más repugnante del mundo y no le quedaba de otra más que lidiar con la basura.

Con un brusco movimiento el joven quito la mano de la suya, que para sorpresa de Melina, no estaba entrelazando los dedos con ella, eso fue una vaga ilusión, él solo estaba comprobando su pulso.

“¿Mi médico de cabecera?” ―se preguntó al ver su atuendo.

Llevaba una bata blanca, gafas de marco negro, pelo color castaño claro, piel relativamente bronceada y unos ojos de un extraño tono gris. En resumen, un rostro agraciado, pero la dureza de su expresión daba a entender que no era una persona que sonriera muy a menudo, es más, cabría preguntarse si alguna vez lo hacía. Parecía amargado, aburrido e irritable.

―Si vuelves a hacer alguna estupidez como la de antes ―dijo incorporándose y verificando los sueros que colgaban de un tubo al lado de su cabecera ―no me importará si mueres desangrada. ―amenazó colocando la intravenosa con más fuerza de la necesaria en su muñeca.

Melina tuvo que reprimir un gritillo de dolor, era obvio y evidente que el muchacho no estaba a gusto con su labor, y que más que un alivio, para él era una molestia su presencia en ese lugar.

―Sabes mejor que nadie que es imposible que permitas algo como eso querido ―dijo la delicada y engañosa voz de una mujer al otro lado de la cama, su rostro estaba escondido entre las penumbras de la habitación ―, sabes que si algo le pasa a esta se-ño-ri-ta ―silabeó cada palabra con desprecio ―estaremos en graves problemas.

El médico no dijo nada, se limitó a fulminarla con la mirada y continuar con la labor de controlar sus signos vitales anotando cada dato en una tablilla.

“Me siento muy querida” ―se dijo Melina ante la ironía de su situación.

―Duérmete ―ordenó el doctor con tono tajante, pero al ver la reacia cooperación en hacerlo, la miró molesto giró a su derecha y tomo un frasco con liquido transparente y antes de cargarlo a la jeringa se detuvo, miró al frente con expresión extraña y sonriendo de manera sospechosa miro a la mujer que estaba al otro lado de la cama, dejó el frasco en la bandeja dirigiéndose a su maletín y rebuscando entre sus pertenencias sacó un frasco con un líquido purpura que cargó a la jeringa inyectándolo en la intravenosa de Melina ―hora de dormir ―dijo con mirada extraña ―ahora dormirás princesa ―sonrió de manera burlona y macabra ―el tratamiento comienza hoy ―dijo mirando a su asistenta ―apunta, día uno.

Al primer ingreso del líquido en su organismo Melina se sintió fatal, era cierto que los medicamentos y ella nunca se llevaron bien, de allí que evitara a toda costa enfermar o mínimamente llegar al hospital debido a sus malas experiencias allí, pero nunca jamás se le hubiera ocurrido siquiera imaginar que los sedantes pudiesen generar una sensación tan horrible. Comenzó a sentir dolores punzantes en la cabeza, mareos y una pesadez abrumadora.

 ―No… quie…― intentó decir, pero no pudo completar la frase, todos los músculos de su cuerpo se amotinaron en su contra y fueron rindiéndose uno a uno ante la droga.

Enamorándose del demonio #BNEHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora