VIII

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Le había llevado unas cuantas horas en acabar su libro de suspenso favorito mientras presenciaba el tumbado humedecido por los temporales con el sonar intermitente del tictac del reloj en los oídos

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Le había llevado unas cuantas horas en acabar su libro de suspenso favorito mientras presenciaba el tumbado humedecido por los temporales con el sonar intermitente del tictac del reloj en los oídos.
El fanatismo de Travis por este peculiar género literario lo obtuvo cuando apenas era un niño pequeño y su padre narraba las aventuras de Sherlock Holmes ante el calor de una chimenea cada que él regresaba del trabajo.
Su madre siempre le regalaba una taza de chocolate caliente con pequeños malvaviscos encima que hacía que sus regordetas mejillas se enrojecieran de felicidad.

Travis atesoraba esos inminentes recuerdos en lo más profundo de su memoria mientras le daba pequeños sorbos a su taza de café instantáneo con el libro titulado "El círculo" de Dave Eggers, el cuál le había parecido una estupenda fusión entre suspenso, ciencia-ficción y realismo.

Le aterraba el hecho de que la sociedad se transformase en lo descrita en la novela: superficial y monótona. Para él, eso era simplemente haber perdido su humanidad.
Y quizá por eso es que el libro le había parecido fascinante.

Farfulló algo cansado mientras dejaba la taza vacía en el velador y encendía la televisión para apreciar lo que ocurría en la localidad.

Quedó petrificado en el lugar mientras observaba en brillantes letras blancas la noticia de último minuto que estaban transmitiendo en ves de la programación habitual de aquellas altas horas de la noche.

Snow dormitaba en la alfombra, moviendo sus patas como pequeños molinillos y enseñaba sus dientes en medio de un resoplido. Al parecer estaba teniendo una pesadilla.

La voz de la reportera sonó de manera muy aguda en el oído de Travis, quién de inmediato se quejó y soltó una grosería. Las imágenes que pasaban por el canal eran tan fuertes que Travis no fue capaz de continuar viéndolas y apagó el aparato de golpe.

Su cuerpo era un manojo de nervios y sudaba frío. Snow se levantó y subió a la cama al notar la extraña actitud de su amo.

El chico se decía a sí mismo palabras para tranquilizarse, mientras acariciaba la cabeza de su mascota buscando en alguien en quién reclinarse luego de haberse enterado de aquello.

El incidente había ocurrido a cuatro calles de su hogar. Aquella matanza podría desatarse en su vecindario la próxima vez, o incluso peor, podría ser él la siguiente víctima del asesino.

Como si fuera un niño asustado, metió sus pies en la colcha de lana sintética que le regaló su abuela años atrás para las noches heladas. Abrazó a su perro y quedó mirando fijamente hacia un punto indeterminado en la pared izquierda del cuarto divagando entre sus difusos pensamientos.
Relamió sus labios resecos y soltó un gemido.
Con el corazón en la garganta y el cerebro desconectado, Travis no deseaba salir de su hogar de nuevo para trabajar. Un inminente miedo al monstruo le arrebató la cordura y parte de su valentía.

No se había fijado en la hora que era: las 22:14 p.m., o eso era lo que marcaba el viejo y empolvado reloj de engranajes en la pared grisácea de la habitación.
No se había tomado sus pastillas.

Teratos: Luna Roja (EDITANDO)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora